Medio Maratón de Día del Padre.

•June 24, 2017 • Leave a Comment

El domingo pasado llegó el esperado día: la Carrera del Día del Padre. Estaba tan emocionada que casi no dormí la noche anterior.  Afortunadamente había descansado lo suficiente durante la semana por lo que estaba lista para lo que venía.  ¡Después de nueve meses por fin podría participar en una carrera!  No sólo eso, mi papá me estaría esperando en la meta, en su día.  Desde siempre nos ha impulsado (a mis hermanos y a mí) a hacer deporte.

Una vez más, mi marido madrugó conmigo y me apoyó durante el evento.  Me ayudó a calmarme cuando me puse nerviosa. Estuvo ahí aunque se moría de sueño. Siempre me acompaña en las carreras y eso me hace feliz.

Estaba muy entusiasmada porque empezaría la carrera desde el bloque A,  el más cercano a la salida justo después del bloque élite. No estaba sola, correría con una buena amiga y compañera de entrenamiento.  Fue la primera carrera en la que coincidimos y ambas estábamos entusiasmadas.

Me sorprendió la gran cantidad de corredores que participan en este evento, éramos alrededor de 20,000 personas.  Nunca había participado en una carrera tan grande.  Me tocó ver el amanecer minutos antes de que dieran la salida.  Me sentí contenta y también segura de que todo saldría bien. Estaba tranquila: ya había corrido esta distancia antes, por lo tanto tenía la certeza de que podría hacerlo de  nuevo.   Pienso que sí pude una vez, puedo siempre.  Esta vez el reto no era terminar sino hacerlo en menos de dos horas. Mi objetivo era tardarme máximo una hora y cincuenta minutos en llegar  a la meta.  Estaba consciente de que no iba por mi mejor tiempo pues acababa de recuperarme de una lesión, pero me sentía fuerte y capaz de hacerlo en menos de dos horas.

No importa en cuántas carreras participemos, ninguna será igual a la anterior: el desafío es diferente y también nuestros objetivos cambian.  Cada carrera es para mí una nueva aventura.

A las siete de la mañana sonó el disparo que marcó la salida. No tenía miedo ni nervios, sólo mucha emoción. ¡Cuánto tiempo esperé para llegar a ese momento!  Empecé a correr al ritmo de mi amiga. Al principio eso estuvo bien pero después me di cuenta de que me estaba presionando mucho. No puedo negar que fueron los cinco kilómetros más rápidos de mi vida (hasta ahora) pero no iba ni a la mitad y ya me estaba quedando sin aliento. Bajé la velocidad, tomé agua y me sentí un poco desorientada. Seguí avanzando pero no aceleraba. Entonces un corredor me dijo: “¡No es momento para aflojar! ¡Vamos, vamos!”.  Le agradecí con una sonrisa. Sus palabras me sacaron del trance. Me relajé y aumenté la velocidad sin volver a detenerme.  Mis pensamientos estaban desordenados y no lo estaba disfrutando. En lugar de alegrarme porque estaba sana, porque por fin podía competir de nuevo, me estaba exigiendo una velocidad para la que mi cuerpo todavía no estaba listo. Por momentos me sentí como una tortuga desconcertada.  Seguí corriendo al mismo ritmo y me concentré en buscar la respiración adecuada.

Me sorprendió ver un camión de bomberos en el camino. Los bomberos estaban ahí, con la sirena encendida y nos gritaban alegres palabras de aliento.  ¡Qué increíble experiencia!  Esa porra me dio mucho bienestar.

Además del reto de empezar descendiendo (las bajadas nunca han sido mi fuerte), había que lidiar con el intenso sol que nos deslumbraba.  Era difícil ver y me estaba derritiendo.  Contaba los kilómetros para cambiar de dirección y poder darle la espalda.

Me sentía un poco desmoralizada. Tenía la certeza de estar corriendo muy lento. Por eso me quedé boquiabierta cuando llegué al kilómetro diez y vi que llevaba cuarenta y cuatro minutos. ¡Diez kilómetros en cuarenta y seis minutos! Iba a buen ritmo y con buenas posibilidades de cumplir mi objetivo.  Por un rato me deshice de mis inútiles telarañas y la emoción me dio energía para aumentar mi velocidad.  Lenta o no, nunca más debo de llamarme tortuga. Tomé agua y no permití que el sol me siguiera intimidando.  Pensé en mi papá, en lo emocionado que estaba por esta carrera. Quería que se sintiera orgulloso de mí.

No busqué un corredor a quién seguir.  Esta vez me tocaba reencontrarme a mí misma, escuchar a mi cuerpo, aplicar lo aprendido en mi tiempo de reposo y de entrenamiento. No llevaba reloj  para medir la velocidad a la que voy ni tampoco tenía alguna aplicación de internet que lo hiciera. Tenía que confiar en mí.

Me llamó la atención y me gustó mucho  que en esta carrera había muchas personas apoyando a los corredores: hubo quienes llevaron cajas de kleenex  y nos ofrecían pañuelos desechables; otros llevaron naranjas, también hubo quienes llevaron dulces e incluso quienes llevaron agua para los corredores sin número.  Me conmovieron estos detalles.   No deja de sorprenderme y de hacerme feliz el ambiente de solidaridad que se vive en las carreras.

Alrededor del kilómetro trece comenzó la subida y por fin pude darle la espalda al sol, eso me dio mucho alivio. ¡No podía creer que ya me faltaba menos de la mitad del recorrido!

Éramos tantas personas que a veces aumentaba un poco la velocidad sólo para abrirme camino, para tener espacio.  ¡Estaba corriendo de nuevo y físicamente  me sentía muy bien!

Pasando el kilómetro catorce me dolieron un poco las corvas: todavía me falta mucho  que aprender con las pendientes. Me dieron ganas de llorar.  Otra vez mi mente con sus telarañas. Me pregunté porqué me pongo estas metas, porqué me esfuerzo tanto en correr, porqué quiero llegar al maratón.  Bajé la velocidad hasta encontrarme frente a un espectacular que decía: No te rindas.   Fui acelerando poco a poco, ya no tenía dolor. Eso me animó. Cada vez faltaba menos.

En mi playlist salió una canción de Depeche Mode.  Necesito más canciones de este grupo en mi playlist para correr. Cuando escojo la música para estos momentos busco mantener un equilibrio entre canciones muy movidas y canciones con las que tengo un vínculo emocional pues no se trata sólo de mover mi cuerpo sino también mis emociones. Depeche Mode me ayudó a ir más rápido.

La pendiente no terminaba y yo buscaba la mejor manera de abordarla. Por fin encontré la manera de estar tranquila: estaba dando mi mejor esfuerzo, sin miedos ni reservas. A veces deseaba ser más veloz, pero prometí no excederme.

Disfruté mucho los momentos en los que iba corriendo casi sola; era como si la calle me perteneciera, como si fuera la dueña del mundo. Dejó de importarme que los demás me rebasaran. Ya no me presionaba por el tiempo.  Era genial ya no tener el sol en la cara.

Me encontré con un halcón, fue maravilloso verlo. Los halcones son personas que corren con los invidentes, son sus guías. Van juntos, amarrados de la mano. El halcón va a la velocidad de la persona a la que guía. Mi admiración para ambos.  Una vez más lo repito: ¡Sí se puede!  ¡No hay imposibles!

Cerca del kilómetro dieciocho las corvas me dolieron otra vez.  De pronto me sentí extremadamente cansada. No se trataba de mi cuerpo sino de mi mente que se estaba dando por vencida.

Alguna vez alguien me habló del muro en las carreras. El muro es el momento en el que el corredor siente que ya no puede más, que ha llegado a su límite, que debe parar. Según lo que me han contado, es común que esto ocurra en el maratón, alrededor del kilómetro treinta. Creo que por primera vez me topé con él.  Por una fracción de segundo creí que me derrumbaría, pero recordé las palabras de mi hermano: en una carrera el reto es la mente. El cuerpo aguanta pero si la mente dice basta, hasta ahí llegamos.  Justo después de eso pensé en mi papá  y mi marido esperándome en la meta, en lo mucho que entrené para llegar a este medio maratón, en lo feliz que me sentí cuando empecé a correr de nuevo. ¡Este era mi momento, estaba corriendo veintiún kilómetros! Estaba lista para esto y más. ¡No iba a derrumbarme ahora! ¡No hay muro que me detenga!

Amo correr. Sentí la adrenalina en mi sangre y aceleré. Avancé con zancadas firmes, abrazando mis sueños y visualizándome en la meta.

Agradezco a las personas que nos echan porras en la ruta, que nos animan a seguir adelante. En ese momento complicado sus palabras de aliento me ayudaron a atravesar el muro.  Quiero que sepan que sus gritos, sus sonrisas, sus letreros sí hacen una diferencia, una gran diferencia. Gracias por ese entusiasmo, por esas horas de acompañarnos en el recorrido a la meta.  Me ayudaron a sentirme fuerte de nuevo.

Cuando me rebasaron los rabbits que planeaban terminar la carrera en una hora cuarenta y cinco minutos, me percaté de que todavía tenía oportunidad de llegar a la meta en el tiempo deseado.

Hacía tanto calor que no sentí el viento. ¡Había llegado al kilómetro dieciocho! ¡Sólo dos kilómetros más!  “¡Vamos!” me dije a mí misma en voz alta varias veces. Los corredores que me escuchaban me daban ánimos también. Hubo algunos que me ayudaron a ir más rápido.

Pensé en mi papá. Llegar a la meta era mi regalo para él en su día.  ¡Ya me faltaba poco!

Después del kilómetro veinte vi a mi papá y a mi marido. ¡Qué gran regalo fue verlos ahí!  Alcé las manos feliz y les sonreí a ambos.  ¡Me sentí muy afortunada!

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A punto de llegar a la meta. Carrera del Día del Padre Junio 2017

El último kilómetro es el más pesado, el más largo pues estamos tan ansiosos por terminar que el tiempo parece eterno… Y, sin embargo, llegué.  ¡Lo hice! ¡Corrí este medio maratón en una hora con cincuenta y dos minutos y cuarenta y seis segundos! Casi pierdo el equilibrio de la emoción. Tuve que controlarme, estuve a punto de ceder al llanto.   Tuve presente mi lucha de estos meses y mi sueño de correr otra vez. ¡Lo logré!  Terminé entera y sin dolor.  Mi espalda estaba en excelentes condiciones.  Satisfecha y agradecida caminé hacia la zona de recuperación.  Tomé agua y me comí un plátano.  Después  me tomé una foto con la medalla  e hice mis estiramientos. Nada me dolía, ¡nada!

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Mi voluntad es más fuerte que mis dudas. No hay muro que me detenga. Carrera Día del Padre Junio 2017

Hay veces en las que correr me da placer, libertad y sueños, pero hay otras que me obliga a enfrentarme a mis miedos, a superar mis inseguridades y me enseña a ir más allá de los límites.

Alguna vez me creí incapaz de correr, no aguantaba más de cien metros. Ahora avanzo hacia mi primer maratón.

En esta carrera aprendí que mi voluntad es más fuerte que mis dudas. No hay muro que me detenga. ¡Voy por más! ¡El maratón me está esperando!

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Carrera del Día del Padre Junio 2017

 

 

 

 

Un Picnic Nocturno en Chapultepec

•June 15, 2017 • Leave a Comment

¿A quién se le ocurriría un picnic nocturno como una opción para salir un sábado en la noche en la Ciudad de México?  ¡Un picnic! ¿Cuándo fue la última vez que participé en uno?  Claro que siempre me ha gustado la idea de extender un mantel en el pasto y sentarme a comer rodeada de naturaleza.  Varias veces fuimos en familia al Valle del Silencio y eso me encantaba. Sin embargo, hoy en día y en esta ajetreada ciudad, ¿quién piensa en eso?  Yo no estaría escribiendo esto de no haberme encontrado un espectacular en el metro que hablaba del picnic nocturno que se realiza el segundo sábado del mes en el Jardín Botánico  de la Primera Sección del Bosque de Chapultepec.  El horario: de las 20:00 a las 23:00 hrs. y la entrada es libre para todos.

Me pareció una idea increíble. ¡Cenar a la luz de la luna en un jardín botánico! Me emocioné sólo de pensarlo.  Además es una buena oportunidad para vivir una velada romántica, para convivir en familia o con amigos.  Nunca pensé que una actividad así fuera posible en esta ciudad.

A mi marido le agradó la idea y decidimos ir el sábado pasado.  Ese día, en la tarde, preparamos nuestro pequeño lunch, tomamos un mantel y también una cobija.  Una vez listos, nos fuimos al Jardín Botánico.  Llegamos poco después de las ocho y ya había mucha gente.  No recuerdo haber visitado antes este jardín y vi unos lirios que me gustaron mucho.

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Jardín Botánico Chapultepec

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Lirio Jardín Botánico Chapultepec

El jardín estaba bien iluminado y había  música agradable (afortunadamente nada de reggaeton).  Por lo general en este evento suele haber música en vivo. Me agradó mucho la idea. Ese día iba a haber un concierto de jazz.

Había muchos petates en el suelo tanto el pasto como en el cemento.  Son propiedad del jardín pero están disponibles para el público los días en que se realiza este evento.  Todavía alcanzamos petate. Ya teníamos nuestro lugar, así que extendimos nuestro mantel y nos acomodamos.  Me sentí en paz y contenta.

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Picnic Nocturno Jardín Botánico Chapultepec

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Petates Picnic Nocturno Jardín Botánico Chapultepec

Hubo quienes llegaron ya listos con sus botanas, refrescos, vino, sándwiches o tortas. Sin embargo, también es posible llegar sin alimentos y comprar ahí lo necesario, aunque eso implique gastar dinero. Con 300 pesos se puede comprar una canasta que contiene una botella pequeña de vino tinto, dos copas de plástico, dos chapatas, un mantel, dos velas led, chocolates y no recuerdo qué más.  Nosotros compramos una más pequeña, de 150 pesos, que trae una botellita de vino, dos copas de plástico y una vela led.

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Picnic Nocturno Jardín Botánico Chapultepec

Me llamó la atención la cantidad de personas que vi, todas entusiasmadas, felices, con actitud de pasarla bien. Fueron parejas, grupos de amigos y también familias. Los niños corrían y jugaban muy alegres. A pesar de que había mucha gente, no estábamos amontonados y nadie invadía el espacio de nadie.

Siempre he pensado que la felicidad se encuentra en los pequeños detalles, detalles que a veces perdemos de vista porque nuestras expectativas son demasiado altas o porque nos agobian las presiones de la vida diaria.   Este picnic nocturno me hizo muy feliz. Nos dio la oportunidad, a mi marido y a mí, de platicar a la luz de la luna, a veces sentados, a veces recostados mirando al cielo, soñando despiertos.  Estábamos ahí en Chapultepec de noche, con una cena sencilla pero sabrosa y un brindis para celebrar la vida.  Hubiera sido genial poder ver las estrellas, pero eso casi nunca sucede en esta ciudad y menos en un día nublado.

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Picnic Nocturno Jardín Botánico Chapultepec

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Picnic Nocturno Jardín Botánico Chapultepec

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Picnic Nocturno Jardín Botánico Chapultepec

 

Todo parecía perfecto.  En algún momento empezaría la música en vivo.  Había muchas nubes pero no perdía la esperanza de ver la luna… Y de pronto, la lluvia se llevó el encanto.  Al principio era ligera, pero fue arreciando hasta convertirse en aguacero. Nos cubrimos con el petate y esperamos.  La calma no llegaba, cada vez más agua caía del cielo. Dejar el petate fue un acto de valor, pues eso implicaba caminar varios minutos sin poder cubrirnos.   El coche estaba en el estacionamiento del Museo de Antropología que ese día, debido al picnic nocturno, permaneció abierto las 24 horas del día.  Nos empapamos. Por si fuera poco, un coche pasó a toda velocidad y nos salpicó. No pudimos evitar reírnos. Ambos traíamos jeans y vaya qué pesan cuando están mojados.

A pesar de que nos hubiera gustado que la velada durara más, con todo y lluvia nos divertimos mucho.

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Lluvia Picnic Nocturno Jardín Botánico Chapultepec

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Lluvia Picnic Nocturno Jardín Botánico Chapultepec

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Lluvia. El petate como único refugio. Picnic Nocturno Jardín Botánico Chapultepec

Hay tantos eventos gratuitos que valen la pena en esta ciudad, sólo hay que estar al pendiente de ellos.

Sé que sería imposible hacer un picnic nocturno una vez al mes, pero tengo la certeza de que repetiré esta experiencia las veces que me sea posible. Eso sí, la próxima vez llevaré más comida y confío en que no caiga un aguacero. Me encantaría poder escuchar la música en vivo.

 

 

Playmohistoria en el Caracol.

•June 14, 2017 • Leave a Comment

Era muy divertido jugar con Playmobil. A mis hermanos, primos y a mí nos encantaba jugar con ellos. Lo primero que había que hacer era seguir las instrucciones para poder armar los juguetes ya fuera el barco pirata, el circo, la nave. Armar los objetos era parte de la diversión.  Los muñecos eran muy sencillos pero con ellos era posible crear un universo infinito de juegos.  Su vestimenta variaba según el escenario al que pertenecieran, aunque la cara era prácticamente la misma. El barco pirata era de mis favoritos, aunque también me gustaba jugar al hospital con los doctores y enfermeras.

Ya casi me había olvidado de Playmobil, hasta ahora, cuando me enteré que están en el Museo del Caracol en Chapultepec.  Me llamó la atención que uno de mis juguetes favoritos de la infancia fuera parte de una exposición de historia en un museo.  Me dio mucha curiosidad y desde ese momento supe que tenía que ir.  Me hizo muy feliz que mis adolescentes quisieran acompañarme y escogimos el viernes para ir al Caracol.

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Playmohistoria en el Museo del Caracol

La exposición se inauguró el   27 de mayo de este año y estará abierta hasta el 15 de agosto en el Museo del Caracol en Chapultepec. La entrada cuesta 70 pesos pero con credencial de maestro o estudiante vigente es gratuita. Los domingos la entrada es libre para todos. El horario en el que es posible visitar el museo es de las 9:00 a las 16:00 hrs.

Nosotras nos fuimos en metro, nos bajamos en la estación Chapultepec (línea 1) y tomamos la salida que decía “Castillo de Chapultepec”.  El Museo del Caracol está muy cerca del Castillo y el camino para llegar es el mismo.

Me encanta el camino hacia al Castillo.  Ya se me había olvidado qué bien se siente estar ahí.  Además, fuimos a una hora en la que no había mucha gente. Pudimos pasear tranquilamente.

Vimos el Altar a la Patria, monumento que honra la memoria de los Niños Héroes. En este monumento, obra del escultor Ernesto Tamariz y del Arquitecto Enrique Aragón, se encuentran los restos de los seis cadetes militares que defendieron al Antiguo Colegio Militar y también los del General Felipe Santiago Xicoténcatl.

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Altar a la Patria, Chapultepec

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Altar a la Patria Chapultepec

Un poco más adelante el majestuoso Castillo de Chapultepec ya podía verse.

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Castillo de Chapultepec

Estábamos rodeadas de árboles y varias veces nos detuvimos para disfrutar la vista panorámica del bosque y absorber su aire siempre fresco.

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Camino hacia el Museo del Caracol

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Camino hacia el Museo del Caracol

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Camino hacia el Museo del Caracol

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Camino hacia el Museo del Caracol

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Camino hacia el Museo del Caracol

Antes por ese camino pasaba un trenecito que llevaba a las personas al Castillo. Tengo entendido que ya no existe ahora. ¡Es una lástima! ¡Me encantaba ese paseo en tren!

Llegamos al Museo del Caracol. La última vez que lo visité era una adolescente y no recordaba casi nada. Se le llama Museo del Caracol porque tiene forma de caracol marino.  En este museo podemos conocer la historia de México desde la Lucha de Independencia hasta la Revolución Mexicana.  Lo que me gustó mucho fue que nos muestra los eventos históricos a través de maquetas y pinturas de excelente calidad.

Nuestra idea era irnos directamente a la sala de Playmohistoria (la última sala) pero no pudimos evitar detenernos en cada sala, admirar las maquetas y recordar los momentos importantes de esa época en nuestro país. Entonces caminamos por la Independencia de México, por las tertulias literarias en la casa del corregidor Miguel Domínguez en las cuales comenzó a gestarse el plan de independencia para Nueva España.

Más adelante nos encontramos con el Imperio: la llegada de Maximiliano y Carlota a México. No pude evitar tener presentes las imágenes del excelente libro de Fernando del Paso: Noticias del Imperio.  Me pareció sobrecogedora la escena del fusilamiento de Maximiliano. Los rifles se ven enormes y sentí escalofríos.

Pasamos por la República, la Invasión Norteamericana, la Reforma y la República Restaurada. El recorrido termina con el Porfiriato y la Revolución.  La exposición permanente del museo nos gustó mucho a las tres.

Al final se exhibe la Playmohistoria, donde hay seis maquetas hechas con Playmobil que recrean diferentes momentos históricos.

La primera maqueta que vi fue la de la Plaza Mayor de México, mejor conocida como el Zócalo de la Ciudad de México. Es la recreación de una mañana calurosa de 1767 en el mercado del Baratillo. En esta época México todavía era una colonia de España.  Podemos ver los diferentes grupos sociales de ese entonces: indígenas, españoles, criollos, etc.  La maqueta es una belleza.

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Plaza Mayor de México Playmobil Museo del Caracol

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Plaza Mayor de México Playmobil Museo del Caracol

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Plaza Mayor de México Playmobil Museo del Caracol

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Plaza Mayor de México Playmobil Museo del Caracol

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Plaza Mayor de México Playmobil Museo del Caracol

La siguiente era sobre la civilización del Antiguo Egipto. Además de la Gran Pirámide y de la Esfinge, podemos ver a los faraones, a los guerreros. También hay palmeras y dromedarios. Se percibe bien la sensación de calor extremo del desierto.

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Civilización del Antiguo Egipto Playmobil Museo del Caracol

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Civilización del Antiguo Egipto Playmobil Museo del Caracol

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Civilización del Antiguo Egipto Playmobil Museo del Caracol

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Civilización del Antiguo Egipto Playmobil Museo del Caracol

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Civilización del Antiguo Egipto Playmobil Museo del Caracol

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Civilización del Antiguo Egipto Playmobil Museo del Caracol

No deja de impresionarme todo lo que se puede expresar con los juguetes Playmobil. Esta vez no se trataba de un juego, sino de mostrar la historia de manera divertida. Creo que es una buena idea para atraer la atención de quienes consideran que la historia es aburrida.

La tercera maqueta fue la de los míticos y bárbaros vikingos de Escandinavia. Estos temidos guerreros que me hacen pensar en el poderoso Thor, dios del trueno. Además de ser grandes navegantes, también se dedicaban a la agricultura y ganadería. En esta recreación podemos darnos una idea de cómo vivían. Los vemos construyendo barcos, preparando la comida, y, por supuesto, también navegando.

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Vikingos Playmobil Museo del Caracol

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Vikingos Playmobil Museo del Caracol

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Vikingos Playmobil Museo del Caracol

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Vikingos Playmobil Museo del Caracol

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Vikingos Playmobil Museo del Caracol

Hablando de barcos, la siguiente maqueta se llama Piratería en la Nueva España. Aunque es un poco más sencilla que las otras, ésta me gustó mucho pues es una recreación de los piratas que llegaron a Campeche, la ciudad amurallada que visité hace algunos meses y a la cual llegó mi antepasado pirata.

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Piratas en la Nueva España Playmobil Museo del Caracol

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Piratas en la Nueva España Playmobil Museo del Caracol

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Piratas en la Nueva España Playmobil Museo del Caracol

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Piratas en la Nueva España Playmobil Museo del Caracol

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Piratas en la Nueva España Playmobil Museo del Caracoll

Después viene  la maqueta del  Puente de Metlac.  Cuando se creo la primera línea de ferrocarriles en México, se construyó el puente de Metlac para hacer posible la comunicación entre la Ciudad de México y el Puerto de Veracruz.  Con los ferrocarriles se volvió más barato transportar las mercancías.  Este puente llamaba la atención por su exuberante vegetación.

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Puente de Metlac Playmobil Museo del Caracol

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Puente de Metlac Playmobil Museo del Caracol

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Puente de Metlac Playmobil Museo del Caracol

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Puente de Metlac Playmobil Museo del Caracol

Por último, en el centro de la sala, hay un Árbol de la Vida, la mejor maqueta de todas. Mide como 80 centímetros y muestra la historia de México desde Tenochtitlán hasta la Constitución de 1917.  En ella encontré a Miguel Hidalgo, a Maximiliano y Carlota, a Porfirio Díaz.  En la cima se encuentra el águila devorando a una serpiente. ¡Una gran parte de la historia de nuestro país plasmada en un Árbol de la Vida! ¡Me encantó! Como no había mucha gente pude admirarlo sin prisa para no perderme ningún detalle.

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Árbol de la Vida Playmobil Museo del Caracol

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Árbol de la Vida Playmobil Museo del Caracol

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Árbol de la Vida Playmobil Museo del Caracol

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Árbol de la Vida Playmobil Museo del Caracol

Antes de salir del Museo, hay dos muñecos Playmobil gigantes. No podía faltar mi foto con ellos. ¡Cómo gozamos esa visita!

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Playmohistoria Playmobil Museo del Caracol

Una vez más disfrutamos el paisaje alrededor en el camino de regreso. Antes de salir de Chapultepec nos encontramos a muchas ardillas en una de las bancas del parque. ¡Amo la naturaleza!

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Chapultepec Saliendo del Museo del Caracol

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Chapultepec Saliendo del Museo del Caracol

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Chapultepec Saliendo del Museo del Caracol

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Chapultepec Saliendo del Museo del Caracol

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Chapultepec Saliendo del Museo del Caracol

Visitar el Museo del Caracol fue una excelente idea. Ahora queda pendiente una visita al Castillo, espero que sea pronto.

 

 

 

Volver a Correr

•June 2, 2017 • Leave a Comment

En dos semanas participaré en el Medio Maratón del Día del Padre, mi primera carrera de este año (2017), la primera desde que me lesioné…

Luego de un prolongado reposo, en diciembre llegó el momento de rehabilitarme.  Mi entrenador (y también gran amigo) me dijo que comenzaríamos desde cero y que íbamos a avanzar muy lento, que necesitaba ser paciente (enorme reto para alguien tan hiperactiva como yo).  Prometí ser obediente, seguir las instrucciones al pie de la letra sin acelerarme.

Mientras mis amigos corrían, yo hacía ejercicios de piso para fortalecer mi espalda y extremidades, también nadaba despacio o caminaba en el agua.  Casi no tenía masa muscular y me sentía débil.

Mi regreso fue un poco frustrante: mis movimientos todavía estaban un poco limitados y correr no era una opción.  Ser constante y disciplinada requirió de mucha fuerza de voluntad.

Poco a poco mi espalda y abdomen se fueron fortaleciendo. Empecé a hacer ejercicio con los aparatos en el gimnasio (con muy poco peso) para recuperar la masa muscular.  A menudo me preguntaba cuánto tiempo me faltaba para volver a la normalidad.  En los momentos de desesperación me visualizaba corriendo sin dolor y tenía claro que la única manera para lograrlo era siendo paciente y disciplinada.

La recuperación no fue un proceso sencillo pero en esos meses aprendí a comunicarme con mi cuerpo, a no excederme. Uno de los errores que cometí antes de lesionarme fue no saber cuándo parar. Es difícil detenernos cuando estamos cargados de adrenalina y nos damos cuenta de nuestra capacidad para cumplir nuestros objetivos; sin embargo, a veces es necesario hacer una pausa para recuperarnos, para cargar las pilas, para llegar a donde queremos.  Aprendí también a escoger mis batallas: es imposible participar en todas con éxito.

No pude correr por casi seis meses y cuando empecé sólo debía trotar muy despacio. Tuve que modificar mi pisada.  Me costó un poco de trabajo lograrlo pero ahora ya puedo correr sin dolor. Ni siquiera las corvas me lastiman cuando hago fondos.

Poder trotar fue mi primer éxito.  A partir de ese momento mi entrenamiento ha sido cada vez más intenso.  Todavía necesito que mi espalda y abdomen estén más fuertes. Nunca me han gustado las pesas pero confieso que en esos días y ahora han hecho posible que cada día esté más cerca de la meta.

En este periodo para recuperarme he podido conocer mejor a mi cuerpo y ahora lo escucho antes de tomar cualquier decisión. Hoy tengo más claros cuales límites sí puedo romper y cuáles no.  Mi primer objetivo no era volver a participar en una carrera sino correr sin dolor.

No me gustaba trotar porque me sentía una tortuga. Mi entrenador se sorprendió cuando le dije eso. No supe qué responderle cuando me preguntó porqué me pasaba eso. Entonces mencionó que tal vez alguien me llamó así en el pasado y que ya era momento de superarlo.  Tenía razón.  Me acordé de sus palabras cuando se me aparecieron algunos recuerdos borrosos y los dejé ir.  Unos días después logré lo impensable: trotar por mucho tiempo sin desesperarme o presionarme. No sólo eso: también pude disfrutarlo.

Cuando menos lo esperé, por fin, empecé a correr.  La primera vez que pude hacerlo, sentí unas enormes ganas de llorar, llorar de alivio, de felicidad y de agradecimiento.

Regresar a los Viveros me rejuveneció.  Al sentir el viento en mi cuerpo, se liberaron mis pensamientos y por primera vez en muchos años pude escuchar con claridad la voz de los personajes de la novela que debo escribir.  Corrí con la certeza de que estaría bien y así fue. ¡Así fue!

Ya  puedo trotar y correr distancias cada vez más grandes. El día que llegué a los 14 kilómetros sin molestias ni dolor en las corvas me sentí la reina del mundo.  En esa misma semana mi entrenador me dijo que, aunque no iba a hacer mi mejor tiempo, sí podría participar en el Medio Maratón del Día del Padre.  ¡Sí puedo! ¡Sí! ¡Y vaya que estoy lista para hacerlo!

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Viveros, Coyoacán Ciudad de México

Hoy, como parte de mi entrenamiento, me tocó correr 10 kilómetros. Los primeros cinco a una velocidad cómoda para mí y los cinco restantes a una velocidad más intensa, que me costara trabajo.  Me quedé sin aliento, felizmente agotada, llena de sudor y sonriendo. ¡Cómo me hacía falta correr así! ¡Necesitaba la velocidad en mi cuerpo! Lo más extraordinario fue no haber sentido ningún tipo de dolor; en cambio, me inundó una enorme sensación de bienestar. Estoy fuerte, sana y lista para lo que viene.

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Lista para el medio maratón. 🙂

Este año sí cumpliré mi meta de correr un maratón, el primero. Mi cuerpo es mi aliado y nunca más volveré a ignorarlo.

Ahora corro sin dolor, con firmeza y tengo fe en mí.  Corro sin miedo, con amor y dispuesta a llegar lo más lejos posible. Escogeré mis batallas y disfrutaré cada una de ellas.

Me siento muy feliz hoy. Estoy sana y fuerte. No me rindo ni me rendiré.  Avanzo un paso a la vez siempre visualizándome en la meta.

Terrorismo y violencia. Dolor por la humanidad. ¿Es la ignorancia felicidad?

•May 25, 2017 • Leave a Comment

Estoy sola, sólo la música me acompaña en esta tarde tranquila. Me tomo un té de frutos rojos para enfrentarme a mis palabras.  

Me desperté sintiéndome feliz pero después me atacó este dolor profundo ya tan conocido que viene siempre acompañado de una empatía colmada de  impotencia. Una vez más me agobian las preguntas sin respuesta con respecto  a lo que sucede en mi país y en el resto del mundo: los narcos,  las bombas del terrorismo, las guerras, la violencia y sus vestidos tan diversos pero siempre con el mismo resultado: dañar a personas inocentes.

Alguna vez, para sobrevivir a este dolor -al cual le puse el nombre  de dolor por la humanidad-, busqué evadirme de las noticias, cobijarme en la frase la ignorancia es felicidad. Era una adolescente entonces y las  noticias de la Guerra del Golfo en 1991 (si mal no recuerdo fue la primera guerra televisada) me dejaron desolada.  Sin embargo,  ¿la ignorancia da felicidad? ¿De verdad me gustaría vivir encerrada en una burbuja rosa que me impidiera enterarme de lo que sucediera a mi alrededor? ¿Me sentiría bien siendo indiferente al sufrimiento y a las necesidades de los demás?   Ignorar las cosas no me permitiría tener conciencia ni tampoco empatía. Quizá la ignorancia podría protegerme de alguna cosas pero eso me debilitaría y, además, no me haría feliz.  No, la ignorancia no da felicidad, aunque a veces lo parezca.

Desde que tengo memoria llevo en mí el dolor por la humanidad y ese fue el motivo de las grandes depresiones de mi adolescencia y de mis veintes; algunas veces sigue siendo el motivo de mis mayores crisis existenciales.

A pesar de tanta oscuridad, la vida es un regalo que atesoro y agradezco.  No aspiro a entender la crueldad que hay en el mundo y tampoco está en mis manos detenerla. Sé que no está bien deprimirme o llenarme de angustia por lo que sucede en el mundo, y todavía me cuesta trabajo entender que no debo de sentirme culpable por las bendiciones que tengo en la vida.

No sé qué hacer con las noticias que últimamente invaden las redes sociales sobre la violencia de los narcos en México, las explosiones en Manchester, Marawi, Bangkok, Jakarta,  la situación en Siria y la lista de tragedias no se acaba. Tantas muertes de inocentes, tantos heridos, tanta pobreza. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué? Las razones, motivos, para mí, siempre carecen de sentido.  No explican nada ni mucho menos justifican lo que sucede (como si fuera posible justificarlo).  No sé cómo disolver este nudo en mi pecho, esta desesperación, esta impotencia.

La mayor parte del tiempo no tengo idea de cómo abordar este tema. No puedo ser indiferente pero tampoco puedo sumergirme en esta oscuridad en la que navego justo ahora. Vuelven los dilemas de mi adolescencia: ¿Cómo ser feliz mientras tantas personas sufren así? ¿Cómo sonreír cuándo el mundo parece un lugar tan violento?  ¿Cómo aceptar (si se le puede decir así) que estas cosas sucedan?

¡Cómo quisiera tener superpoderes y salvar al mundo como en las películas de superhéroes! Aunque, siendo realistas, ni Supermán, Batmán o Hulk, podrían salvarnos de nosotros mismos.

  ¿Qué hacer con la impotencia, el dolor, las tragedias?

Creo que ni siquiera frente al espejo jamás sabré cómo abordar este tema.  Rara vez hablo de él en mis redes sociales. No soy indiferente, sólo no deseo intensificar el dolor que ya muchos sentimos. Tampoco deseo emitir juicios, creo que esos sobran ahora.  No quiero ser parte de la oscuridad que desmorona al mundo.

Muchas personas me han dicho que la vida es para ser felices, para eso estamos aquí. Estoy convencida de que eso es cierto y hoy es uno de esos días en los que necesito creerlo.   Me niego a vivir con miedo, con resentimiento, ira, rencor, deseo de venganza. Me niego también a emitir juicios o condenas.  La única manera de lograr marcar una diferencia es con mi actitud ante la vida y, sobre todo, ante los demás.  Me niego a actuar con indiferencia.  He de ayudar en medida de mis posibilidades.  En lugar de que el dolor me consuma y la oscuridad me devore, puedo regalar una sonrisa, tratar a los demás con amabilidad, saludar a quien se cruce en mi camino, ser más empática y juzgar menos, perdonar siempre: amar más.

¿Cambiaré al mundo? Eso nunca pues eso depende de cada uno de nosotros y somos muchos. Lo que sí puedo hacer es cambiar mi mundo y compartir mi luz con quien quiera recibirla.

¿Qué he hecho en otras ocasiones cuando me encuentro con noticias tan oscuras? Me aferro a la luz de las personas que siempre encuentran una razón para vivir, que nunca pierden la esperanza ni tampoco se rinden. Esas personas me contagian sus ganas de vivir y me enseñan a creer que todo es posible si uno actúa con amor a sí mismo y al prójimo, con profundo respeto a los seres vivos y a la naturaleza.

Creo en el poder de la oración, de la energía positiva de los pensamientos, del amor. Por eso pido por el mundo, por esta humanidad tan herida.  Nos necesitamos unos a otros para poder sanarla.  El amor al prójimo puede marcar la diferencia y ayudarnos a construir un lugar de paz.

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Hermoso el cielo de hoy.

En las mañanas, al despertar,  agradezco tener un día más en el paraíso, al lado de mi familia, compartiendo risas, sueños y abrazos.  Un día más para disfrutar las travesuras de mis sobrinos, para celebrar los cumpleaños, para correr y llenarme de viento, para mirar el cielo y percibir el aroma de mis cempasúchiles que ya están floreciendo.  Ojalá todos los seres humanos tuviéramos la oportunidad y la libertad para hacer eso.  Ojalá llegue el día en que eso sea posible. Ojalá.

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Cempasúchiles

 

 

 

 

 

 

 

Un Paseo Entre Orquídeas

•May 20, 2017 • Leave a Comment

¿Acaso hay una flor más enigmática que la orquídea? ¿Una flor más delicada?  ¿Cómo mirarla sin pensar en las hadas y en aquellos mundos esplendentes que me acompañaban en la infancia?

En mi cumpleaños me sorprendieron regalándome una. ¡Qué fascinante obsequio!   Miré con admiración mi planta.  Lo que más deseaba era amarla y cuidarla. De ese día ya han pasado varios meses y  hoy se ve radiante. Sus flores acaban de abrirse.  Me parece que está sonriendo.

Esta semana, el miércoles 27 de mayo, inauguraron una exposición de orquídeas de primavera 2017: Los Viajes de Humboldt. Está en el Centro Cultural Isidro Fabela, casa Risco en Plaza San Jacinto. Apenas me avisó mi querida amiga de este evento, supe que teníamos que ir.  La visitamos el jueves.  ¡La entrada a este paraíso es libre!

¡Qué cantidad de orquídeas hay! ¡Cuántas especies diferentes! Algunas nunca las había visto, ni en fotografías.  Me quedé pasmada. Empecé a adentrarme en este edén cuando sucedió algo inesperado: escuché a las orquídeas.  Percibí que muchas de ellas eran muy tímidas y no sabían cómo reaccionar ante la admiración de tantas personas. Se inhibían, sobre todo ante la cámara y algunas veces no pude tomarles fotos. Eran orquídeas solitarias cuyo anhelo era alejarse de las cámaras, del ruido, de la gran cantidad de personas que las observaban. También encontré algunas muy alegres,  deseosas de compañía y felices de compartir su belleza con nosotros.

Me abstraje en ese mundo de luces de colores y figuras singulares. Algunas orquídeas parecían aves; otras, ángeles luminosos.  Entre su mundo y el mío, en ese breve instante de un parpadeo, vislumbré ese universo donde sentí la presencia de las hadas…

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

 

¡Orquídeas frágiles y soñadoras, eterno refugio de los seres etéreos! Me dejé llevar por sus murmullos cariñosos.  Entonces ellas me mostraron un lugar seguro, lejos de la humanidad ruidosa, donde viven  tranquilas en los árboles, compartiendo sus secretos con los colibríes. ¡Cómo quise acompañarlas!

 

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Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

 

Avancé y frente a mí había un corazón. ¡Qué deseo de abrazarlo!  ¡Qué inesperada perfección! ¡Qué regalo de paz! ¡Cómo hubiera deseado traerlo a mi casa!

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¡Me encontré un corazón! Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

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¡Me encontré un corazón! Orquídeas Centro Cultural Isidro Fabela, Casa Risco San Ángel

Finalmente llegó la hora de regresar a la tierra. Me hice consciente de las personas a mi alrededor y me despedí de estos seres misteriosos.

El último día para visitar esta exposición es este domingo 21 de mayo. ¡Ojalá puedan visitarla!

 

 

 

 

De cómo la literatura me ayuda a encontrarme. Mi historia con María de Jorge Isaacs

•May 9, 2017 • Leave a Comment

Tenía trece o catorce años cuando  leí María de Jorge Isaacs.  Aunque me conmovió mucho la historia, no recordaba la importancia que tuvo este libro para mí. Eso lo tenía bien guardado junto con otras cosas importantes – no resueltas- de mi vida y personalidad de esa época y los años posteriores.

Cuando me preguntan por los libros que han marcado mi vida, el primero que me viene a la mente es Clemencia de Ignacio Manuel Altamirano, pues el  héroe de esta historia (Fernando Valle) me acompañó en uno de los momentos más complicados de mi adolescencia y me ayudó a sentirme menos sola, me dio una esperanza.  Jamás me habría pasado por la mente María. Borré ese libro de mi memoria y ahora tengo claro porqué.

Hace un par de meses, sin ninguna razón aparente, empecé a pensar en María y consideré leerlo de nuevo, pero una parte de mí se resistía a hacerlo: le di prioridad a otros libros. Fue apenas hace unos días cuando mi mamá nos invitó a comer  a su casa, que aproveché para visitar los estantes donde todavía están mis libros.  Me han dicho que los libros eligen al lector. No siempre lo he creído, pero esta vez eso sucedió.  Justo frente a mí apareció María de Jorge Isaacs, como si me estuviera esperando. Tomé el libro y, sin entender porqué, me estremecí.  En ese instante sentí una enorme desesperación por leerlo y ya no pude resistirme.  Decidí aceptar lo que esa novela tenía que enseñarme.

Abrí el libro para ojearlo un poco y entonces tuve un recuerdo que me dejó helada: vi-casi como si la tuviera en mis manos- la primera novela que escribí a los trece o catorce años y la cual rompí al poco tiempo de haberla escrito por considerarla cursi, ridícula y estúpida (implícito está que me juzgué a mí misma con esos mismos adjetivos).  Me dolió tanto haberla roto (nunca dejé de arrepentirme) que prometí nunca más volver a destruir lo que saliera de mi pluma. Fue así como se llenaron los cajones de mi cuarto.

Reviví ese momento y me percaté de que María había sido la inspiración, el hilo conductor de aquella historia que escribí y destruí.  Palidecí al darme cuenta de esto. No sólo había borrado este libro de mi memoria sino también la relación que tiene con aquella novela rota. Pero eso no fue lo único que desapareció, también mi parte cursi, la libertad para expresar lo que saliera de mi corazón sin autocensurarme o avergonzarme. Quedó eso tan oculto que lo único que recordaba era el malestar de haber destruido algo mío y la promesa de nunca más volver a hacerlo.  En diferentes ocasiones esta historia rota me ha perseguido y cada vez que eso sucede, me niego a reescribirla.

Antes de empezar a leer María, leí el prólogo escrito por Manuel Gutiérrez Nájera.  Me cautivó la delicadeza de sus palabras, las cuales me colmaron de nostalgia.  Después, ávida y nerviosa, comencé a leer la historia de Efraín y María. ¿Qué dejaría en mí esta historia ahora?

Tengo entendido que a María se le considera la mejor novela del romanticismo de América Latina. Por mucho tiempo éste fue uno de mis géneros favoritos no solamente por mi sensibilidad desbordada sino también por mi inmenso amor a la naturaleza.  No sé porqué dejé de leer estos libros. Sólo sé que con María me sentí rodeada de flores y ríos, de vida.  Mientras leía siempre tuve muy presente lo hermosa que puede ser la literatura del romanticismo y lo poderosa que es la naturaleza en estas historias. Me encantó perderme en un mundo alejado de la tecnología.  Además, a pesar de estar escrita en prosa, recordé porqué disfrutaba tanto la poesía, porqué no podía dejar de leerla;  hábito que perdí hace unos ayeres cuando mi juez interior censuró aquello que consideraba despertaba mi lado cursi y ridículo.

Desde los primeros capítulos cuando Efraín comienza a contarnos su amor por María, sentí como algo en mi interior se rompía: el muro creado por la autocensura, ese muro que me ha negado la libertad para expresarme sin represión, sin sentir vergüenza, que me ha impedido estar en contacto con mi voz más sensible.  Sus palabras revivieron mis ilusiones de la adolescencia.

¡Primer amor! Noble orgullo de sentirse amado; sacrificio dulce de todo lo que antes nos era caro a favor de la mujer querida; felicidad que comprada para un día con las lágrimas de toda existencia, recibiríamos como un don de Dios; perfume para todas las horas del porvenir; flor guardada en el alma y que no es dado a marchitar a los desengaños; único tesoro que no puede arrebatarnos la envidia de los hombres; delirio delicioso…”

Jorge Isaacs (María)

Se abrió la llave y como fuente brotó el agua de mi poesía, de mis sueños, de mi ternura, de mis devaneos y anhelos, de todo aquello que durante décadas había sido desechado en el rincón de lo ridículo, cursi e inaceptable. Me fui a las nubes con las palabras de Jorge Isaacs, con la belleza de las azucenas y el bramido del río. Por fin dejé de avergonzarme por el océano de miel que a veces llevo dentro.  Siguiendo el amor de María y Efraín redescubrí la historia que había destruido. Gracias a ellos, los capítulos que alguna salieron de mi pluma empezaron a reconstruirse y empecé a huir de esa siniestra autocensura que me ha caracterizado por décadas.

Nunca las auroras de julio en el Cauca fueron tan bellas como estaba María cuando se me presentó al día siguiente, momentos después de salir del baño, la cabellera de carey sombreado, suelta a medio rizar; las mejillas tintas de color rosa suavemente desvanecido, pero en algunos momentos avivados por el rubor; y jugando con sus labios cariñosos aquella sonrisa castísima que revela en las mujeres como María una felicidad que no les es posible ocultar.

Jorge Isaacs (María)

María es  una historia de amor del siglo XIX, colmada de miradas, sueños compartidos y flores, de presagios, vientos y una aterradora ave negra. El amor no se mide por caricias ni besos y los cuentos de hadas no existen.  María tiene epilepsia y Efraín pronto deberá marcharse, su viaje es impostergable.  Yo leo con el alma desagarrada: por un lado su amor condenado por la distancia y la desgracia que se aproxima; por el otro, su manera de confrontarme con mi yo quebrado, con mi vergüenza inventada, con mis palabras destruidas.

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Los últimos capítulos los leí llorando.  Me dolieron el viento, la noche, el ave negra: presagios de la tragedia que se avecina. Sufrí con el largo y agitado viaje de Efraín para regresar a casa.   Me afectó mucho más leer el libro ahora que cuando tenía trece años.

Mientras me acercaba al final del libro, esa tarde hubo un viento insmisericorde en la colonia donde vivo, tiró dos árboles y se fue la luz.  Leía en la penumbra escuchando el gemido del viento como si fuera mío.  Cuando terminé, cerré el libro en completa desolación. Sufría por María, por Efraín, por mi novela rota. Veintiséis años después de haberla destruido entendí que al hacerlo también quebré la confianza en mí misma, la capacidad para expresarme libremente. A partir de ese momento, poco a poco, me fui convenciendo de lo ridícula y exagerada que era. Esa forma de censurarme mermó mi espontaneidad y se llevó también mis versos.  Me tragaba las ideas, las palabras y me convertí en alguien incapaz de verse a sí misma.  Fue así como me devoró la ansiedad, me perdí, toqué fondo.   Aunque me levanté y comencé a reinventarme, no se borraba la opresión en mi pecho ni podía fluir con las palabras.  Justo en ese momento, apareció María de Jorge Isaacs y me mostró el camino, me obligó a verme sin engaños ni paredes, sin adjetivos ni máscaras.

El viento siguió gimiendo y yo seguí llorando en la negrura, con el libro en mis manos como Efraín con las trenzas de María.  A pesar del dolor que me inundaba, me hice consciente de la la autocensura, las cadenas, la inflexibilidad y las etiquetas que por tantos años me han reprimido y saber que puedo librarme de ellas mitigó un poco mi malestar.

En mi duelo por la muerte de María, por las palabras que rompí, supe que había llegado el momento de perdonarme y abrazar esa parte de mí que tanto he menospreciado. No soy ridícula ni tonta, no hay razón para avergonzarme de mi sensibilidad ni tampoco de mis palabras dulces. Mis ideas no son ridículas y he de dejarlas fluir en lugar de deshacerlas o sofocarlas.

Perdono a la adolescente que rompió esa novela y a la mujer que se ha reprimido por cursi.  Me perdono.

Leer María revivió a mis personajes e hizo posible que los escuchara de nuevo. No sé cuánto tiempo me tome ni cómo lo haré, pero volveré a darles vida, lo prometo.

Adiós, María. En tu tumba siempre brillaran las azucenas.

Una vez más la literatura me salva, me redime y me muestra el camino.  ¿Qué sería de mí sin los libros, mis sempiternos y fieles amigos?