El Síndrome de la Culpa.

•October 10, 2017 • Leave a Comment

¿Cómo ayudar a alguien a levantarse si uno no está de pie?

Desde que tembló el 19 de septiembre sólo he dormido bien un día. Los demás, aunque he logrado conciliar el sueño, me despierto constantemente y tengo pesadillas.  No recuerdo la mayoría pero hay una que todavía me deja sin aliento:  Estoy en un lugar donde las personas están muriendo de hambre. No ceso de correr de un lado a otro para ayudarlas pero nada de lo que hago es suficiente. Siempre falta comida y siempre hay gente sufriendo. Me siento insuficiente y también culpable.

Me despierto en las mañanas sudando, con una opresión en el pecho que me impide respirar con soltura.  Hay un sentimiento muy real en mis pesadillas que no se esfuma al abrir los ojos: la culpa que me ahoga desde que tembló. La culpa de estar bien mientras muchos perdieron sus pertenencias y/o, peor aún, a sus seres queridos.

Los primeros días sobreviví a ese sentimiento ayudando casi sin detenerme. Después mi cuerpo me exigió parar. Creí que volviendo a hacer las cosas que me gustan y meditando encontraría la normalidad y podría seguir ayudando pero no ha sido así.  Las pesadillas no se van, mis defensas siguen bajas,  me duele la cabeza y me siento cansada. Tengo sueño la mayor parte del tiempo excepto cuando llega la hora de acostarme.

Ya no quería escribir sobre este tema pero ignorarlo sólo ha intensificado mi malestar.  Últimamente me siento culpable, impotente y con el corazón oprimido.  He luchado por combatir los sentimientos negativos que no me permiten estar bien conmigo misma.  ¿Cómo volver a la normalidad ahora?

Además del dolor de cabeza y la debilidad en el cuerpo, hoy me desperté con el valor para hablar de esto sin que me importe el rechazo o los juicios que puedan surgir con respecto a lo que escribo, a lo que siento. Esconderme sólo ha hecho más grande mi desasosiego. No, no he alcanzado la normalidad pero estoy trabajando para llegar a ella y  poder estar bien de nuevo.

No, aún no me recupero de esta fuerte sacudida que me recordó lo vulnerables que somos y que dejó indefensas a tantas personas. Todavía me altera escuchar cualquier alarma (de coches, sirenas de los policías, ambulancias). Mi cuerpo siente temblores que no existen y me mareo. Me cuesta trabajo estar en lugares donde haya mucha gente (si siempre me ha sido difícil, ahora parece una misión imposible) y la culpa me impide disfrutar el día, como si disfrutar algo en estos momentos me convirtiera en una mala persona.

En la meditación que hice hace un par de horas,  por primera vez fui capaz de ver sin juzgar lo que hay dentro de mí y me di la oportunidad de llorar libremente mientras la opresión en el pecho comenzaba a disolverse.  Es apenas el primer paso, pero me tranquilizó.  Ahora le doy mi voz a la pluma y le permito que escriba sin censura.

Me cuesta mucho trabajo aceptarlo pero no puedo ayudar en este momento pues así de rota cómo estoy ahora no tengo nada qué ofrecer:  para que la ayuda sea efectiva debo estar emocional y físicamente fuerte.

¿Por qué me siento culpable si he hecho lo que ha estado en mis manos y de la mejor manera posible? Decirlo me da alivio, me hace sentir menos mala y más humana.

En medio de esta crisis nos hemos juzgado con dureza. ¡Nos exigimos demasiado!  ¡Ya no más! Para mí ha llegado el momento de parar los juicios.  Necesito sanar, encontrar la normalidad que me permita sonreír de nuevo y dormir sin pesadillas.

¡Cómo cuesta trabajo entender que cuidarme, ponerme atención e inclusive consentirme no es es ser egoísta ni tampoco me convierte en una persona malvada! Necesito estar bien yo para poder serle útil a los demás.

¿Cómo salir de la culpa, ansiedad e insomnio?

Empiezo,a partir de este momento,  por dejar de etiquetarme como insuficiente o mala persona y  seguiré esta lista que me ayudará a llegar a dónde quiero:

  • Hacer cosas que me hacen sentir bien como correr.  En un mes tendré una carrera donde espero romper mi propio récord.
  • Buscar a mis amigos y salir de mi aislamiento: divertirme.
  • Pasar más tiempo con mis plantas que se van llenando de flores este otoño. ¡Los cempasúchiles ya están floreciendo!
  • Dar gracias. Todos los días hay muchas cosas que agradecer.
  • Desconectarme por un tiempo de las noticias inquietantes.
  • Aceptar mis sentimientos y dejarlos salir.
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Cempasúchiles

Volveré a ser fuerte, a estar de pie y entonces no sólo podré seguir ayudando sino que mi ayuda será más efectiva.  Mientras tanto, lloraré lo que necesite, soltaré mis oscuridades y encontraré la luz.

Hoy necesito un abrazo. Hoy más que nunca lo necesito y no sólo un abrazo, también una sonrisa y una palabra amable.  Estoy segura de que no soy la única que lo necesita. ¿Podemos abrazarnos más y criticarnos menos?  Ser amables con las personas que se cruzan en nuestro camino puede marcar la diferencia en un día complicado.

Hoy más que nunca necesito un abrazo. ¿Tú también lo necesitas?

10 de octubre  2017

 

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Después del sismo. S19 México

•October 4, 2017 • Leave a Comment

Hace dos semanas, treinta y dos años después del sismo del 85, los mexicanos recibimos otra fuerte sacudida (y no sólo en la Ciudad de México) con duras consecuencias.   Se fue la luz, no hubo líneas telefónicas y la comunicación en gran parte de la ciudad sólo era posible vía  Whats App, que funcionaba aunque por algunas horas de manera interminente.  Gracias a esta aplicación muchos pudimos comunicarnos con nuestros seres queridos y saber que se encontraban bien.

Yo dibujaba en casa cuando los objetos a mi alrededor comenzaron a moverse con cierta violencia.   Debido a la intensidad del temblor y a la fecha, resultó inevitable entrar en pánico.  Me tomó algunos segundos salir de mi casa y me quedé aturdida mirando cómo se agitaban los árboles.

Unos minutos antes estaba tranquila en mi casa y de pronto me encontraba en la calle, sin poder controlar mis manos tremolantes, sin poder pensar en nada ni en nadie. La idea de la muerte, de lo efímeros que somos me absorbió por un momento. Mi perro se mantuvo cerca a pesar de que yo no estaba en condiciones de controlarlo y un vecino me ayudó a calmarme.

Afortunadamente para mí no pasó del susto.  Dejó de sonar la alarma y todo parecía estar en orden.  Cuando por fin pude pensar claramente y controlar mis manos, regresé a la casa y di señales de vida a mis seres queridos. Agradecí entonces y agradezco ahora que todos estamos bien.

Confirmar que no fue un temblor cualquiera y que hubo muchos derrumbes revivió la sensación de angustia que muchos sentimos en el 85.  Después del pánico y el agradecimiento, de una sesión de abrazos,  vino la desesperación por los demás, por quienes quedaron atrapados bajo los escombros y por quienes perdieron todo.  La única manera que pude lidiar  con esto fue ayudando lo más más posible.  Ayudar me mantuvo ocupada y me distrajo del dolor.

Después de la sacudida,  las calles se llenaron de voluntarios: miles y miles de personas buscando dar lo mejor de sí mismos para hacer algo por el prójimo, por dar luz en esta tragedia.

Tenía nueve años cuando tembló en el 85 y aunque perdura en mí el recuerdo de solidaridad de aquellos días, de las personas que no pararon de ayudar en ese entonces, no fue lo mismo a vivir ese amor al prójimo en las calles ahora como adulto  y con la emoción de ver a los jóvenes, muchas veces criticados hoy en día, luchar y luchar por aquellas personas que tanta ayuda necesitaban (y siguen necesitando).  Me dio ánimos ver las calles llenas de personas que ofrecían sus manos para ayudar a los demás.  No sólo se trataba de sacar a las personas de los escombros sino también de apoyar en centros de acopio, crear centros de acopio, llevar la ayuda directa a dónde fuera necesaria (en bici y moto donde no había paso para camiones y automóviles), dar ánimos a las personas en los albergues, de dar comida y agua a los rescatistas, brigadistas, voluntarios, cualquier persona que lo necesitar. Las calles estaban llenas de personas buscando el bienestar común, de ayuda incondicional, de manos amigas e incluso de quienes sonreían a los demás para motivarlos, para dar un poco de calor en esos largos días.  Eran tantos los voluntarios en las calles que, a veces, la ayuda sobraba.

Entre ciudadanos se crearon redes y sitios confiables donde ha sido posible encontrar información verificada y actualizada (hubo muchas falsas alarmas, mucha información equivocada), de esta manera era posible ver dónde hacían falta manos, qué se requería y en dónde.  Así que también hubo miles de manos en las redes sociales, en los sitios de internet, personas incansables que a lo largo del día y de la noche actualizaban la información y canalizaban la ayuda.

No sólo sucedió esto en la ciudad. También llegó ayuda a los pueblos de Morelos y Oaxaca, donde hay muchos muchos damnificados y la situación es muy delicada.

Gracias a todos por ser luz en estos días tan neblinosos. Gracias por ser esperanza cuando el dolor no se esfuma. Gracias por ser un oasis de paz entre tanta turbulencia.

Somos más los buenos en este país. Somos más.  Espero que lo que hemos aprendido ahora no se nos olvide cuando llegue la calma.

Para muchos la rutina de esos días consistió en buscar la información verificada en las redes sociales y sitios confiables para saber dónde y cómo se podía ayudar. Después dirigirse a esos lugares o canalizar la información a quienes estuvieran cerca y no parar, nunca parar.  En mis recorridos conocí personas que llevaban dos días sin dormir, o que a lo mucho dormían un par de horas.

¿Y qué sigue después? Todavía falta mucho por hacer.  ¿Cómo volver a la normalidad en esta dura situación?  ¿Y qué es la normalidad ahora?  Ya pasaron dos semanas y no tengo la respuesta.

Me sigue resultando imposible dormir sin hacer una meditación  que me ayude a calmarme, a conciliar el sueño.  Tuve que hacer una pausa porque mi cuerpo ya no estaba respondiendo y mi sistema inmunológico estaba de vacaciones.  Después de la gripa, tuve una severa  alergia que, ahora, por fin ya casi desaparece.  Tuve dos crisis de ansiedad y  fue necesario hacerme cargo de los miedos y sentimientos que no había enfrentado en el proceso de ayudar.  Por primera vez en mi vida no pude escribir ni una sola palabra en más de una semana. Ahora ya no despierto con dolor de cabeza y las cosas parecen ir tomando su curso.  Ya hay chistes y anécdotas en las redes sociales: más cosas triviales y menos temblores.  ¿Qué sigue ahora?

Estoy consciente de que debemos hacer las cosas que nos gustan para sanar, para seguir adelante. Eso no significa ser indiferente ni tampoco es una razón para sentirnos culpables. Hoy sé que debo sanar yo para poder ayudar a los demás. Si algo me quedó muy claro en esta terrible sacudida es que nos necesitamos unos a otros para levantarnos.

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Necesitamos hacer lo que nos gusta para sanar. Esperanza después del Sismo. S19.

No quiero que volvamos a caer en la indiferencia. Me inquieta pensar que en poco tiempo nos olvidaremos de que el otro existe, que nos necesita y lo necesitamos. No quiero que desaparezca la amabilidad ni la ayuda incondicional que ha sido indispensable en estos días.  ¿Es mucho pedir que pensemos en los demás a diario y no solamente cuando la tierra nos derrumba? ¿Aprendimos algo estos días o pronto predominará el egoísmo? ¡No quiero esa solitaria normalidad donde el otro es enemigo!

Sigue haciendo falta mucha ayuda en Oaxaca, Morelos y muchos lugares de la Ciudad de México como Xochimilco, los Multifamiliares de Tlalpan, Alvaro Obregón 286.  Se necesitan manos, víveres, cobijas, medicamentos,  materiales de construcción, la lista es larga. Pero no sólo se necesita eso, también hace falta encontrar formas de apoyar la economía de los lugares afectados, como comprar los productos de los pequeños comerciantes de esas zonas.  Hace falta tener paciencia, perseverar, seguir apoyando después de la emergencia.  Hace falta seguir siendo amables, empáticos, regalar sonrisas al extraño que pasa junto a nosotros, no sabemos si el día de mañana él será quien nos saque de los escombros (aunque deseo de todo corazón que esta experiencia ya no se repita).

Unidos podemos salir adelante. Unidos podemos defendernos.  Unidos estamos menos indefensos.

Ya pasaron dos semanas.  Quiero sentirme bien y dejar atrás el miedo, la angustia pero no voy a olvidar lo aprendido. Espero que nos tomemos en cuenta unos a otros y ya no caminemos en una calle donde reine la indiferencia.

Nos necesitamos unos a otros. Unidos somos.

3 octubre 2017.

 

 

Dibujar mientras las palabras vuelven.

•September 28, 2017 • Leave a Comment

Después del temblor, las palabras se escondieron y la pluma se niega a bailar en el papel. Por primera vez en mi vida me he quedado sin tinta.

En mi escritorio tengo mi caja de colores y he encontrado en ellos un poco de alivio. Estos días dibujo para sanar mientras las palabras vuelven. Dibujo sin borrar ni corregir nada. En medio de esta desoladora sacudida, los colores me ayudan a salir del estremecedor silencio que nos ha quebrado.

En esta inclemente noche encuentro mi refugio en el abrazo de la luna.

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Encuentro mi refugio en el abrazo de la luna.

Todos tenemos temblores que calmar dentro y fuera de nosotros. Cada uno necesita encontrar su forma de levantarse. Ojalá sigamos haciéndolo en equipo. Nos necesitamos unos a otros.

Pueblos Mágicos en Hidalgo y una Carta a Innsbruck

•September 14, 2017 • Leave a Comment

Mi muy querido Herwig:

Quisiera poder preguntarte cómo estás. Pienso en ti constantemente. Extraño tus mensajes de voz y las fotografías que sueles mandarme por lo menos una vez a la semana, fotografías de tus viajes, excursiones, de tu  ciudad, de tus vivencias.

Tengo en mi cabeza los mensajes de voz que he querido enviarte en estos días y que debo guardarme por ahora que estás en una sala de terapia intensiva luchando por tu vida. ¡Cómo quisiera poder visitarte! Hoy es uno de esos días en los que la distancia pesa mucho y lamento no tener la posibilidad de viajar para poder acompañarte. Me da miedo no volver a verte.

No sé si en tu habitación tengas una vista a las montañas como la que tenías cuando te hospitalizaron hace un par de meses, cuando me mandaste la foto de ese increíble paisaje (ningún hospital aquí en esta ciudad tiene una vista como aquella).

No puedo verte ni hablarte. No tengo manera de comunicarme contigo ahora. Sólo sé lo que me han dicho tus seres queridos sobre tu salud. Lo único que tengo ahora es mi pluma y un cuaderno en blanco en el que te escribo estas líneas.

Desde hace mucho tiempo has soñado con venir a México. Cuando empezaste a planear el viaje hace más de tres años, llegó el diagnóstico de cáncer.  El viaje era una de las metas, de los sueños que te ayudaban a luchar, a seguir adelante. No te diste por vencido y combatiste la enfermedad. La recuperación fue lenta y esperábamos el momento adecuado para que pudieras venir.  Hace poco apareció otro tumor y me diste la noticia de la cirugía.  Hoy, mientras estás en esa cama luchando por tu vida una vez más, yo pienso en ese viaje que tanto has deseado y  en los lugares que quiero mostrarte, que quiero compartir contigo.

Este fin de semana visité un lugar que te encantaría. Jea y yo nos fuimos de paseo pues nos hacía falta escapar de la rutina y renovarnos. Escogió el mejor estado para hacerlo: Hidalgo. Visitamos dos pueblos mágicos que tienes que conocer.  Si estuvieras leyendo esto, ya te imagino buscando información sobre Hidalgo y sus pueblos mágicos. Como cuando te dije que estaba en Querétaro y unas horas después me hablaste con detalle de los lugares que había visitado. Me contaste lo que aprendiste. Te gusta hacer eso con México. Investigas sobre los lugares que te menciono, sobre la ciudad, sobre lo que sucede. A veces creo que sabes más de México sin haberlo visitado nunca que yo que siempre he vivido aquí.

Hidalgo no está lejos de la ciudad de México y, sin embargo, yo nunca había ido. Primero fuimos a los Prismas Basálticos,  una de las trece maravillas naturales de México. Se encuentra en San Miguel Regla. Llegamos antes del mediodía. Es temporada de huracanes y a lo largo de nuestro viaje sentimos la presencia de Katya. Creímos que llovería todo el tiempo pero afortunadamente no fue así, no el sábado.

Los Prismas Basálticos son columnas de basalto por las cuales caen cuatro cascadas. Se les llama prismas por su estructura geométrica.  Es un lugar lleno de energía y desde que llegamos me sentí muy bien. El sonido de las cascadas me dio mucha paz. La voz del agua suele tener un efecto calmante en mí.

El recorrido para llegar al fondo de la cascada no es largo ni tampoco cansado. Lo disfrutarás mucho cuando vengas. Sólo hay que bajar por las escaleras y es posible hacer paradas para comer (hay puestos de comida y restaurantes) y para comprar artesanías, cuarzos, souvenirs, dulces.

Lo primero que tuvimos que hacer fue atravesar un puente colgante. No niego que fue una experiencia increíble pero tuve que luchar un poco contra el vértigo. Me temblaban las manos y fue un reto atreverme a tomar fotos.

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Puente Colgante Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

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Vista desde el Puente Colgante Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

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Vista desde el Puente Colgante Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

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Puente Colgante con Neblina Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

¿Te acuerdas aquella vez en Innsbruck cuando me llevaste a la montaña y para llegar había que subir el funicular?  Estaba muy emocionada pues nunca me había subido a uno pero no pude evitar los nervios ocasionados por el vértigo. No he vuelto a subirme a uno desde entonces.

Conforme fuimos descendiendo, la vista era más impresionante pues al acercarnos podíamos ver los prismas con mayor claridad.  La perfección sí existe en la naturaleza (pero los seres humanos somos irremediablemente imperfectos).

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Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

Comenzamos nuestro recorrido con un poco de lluvia y después hubo neblina. En el camino me encontré unas  flores radiantes y al verlas sentí la presencia de las hadas. Las imaginé bailando.

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Flores radiantes. Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

En todos estos años nunca hemos hablado de las hadas ni te he preguntado acerca de las historias que hay sobre ellas en tu país. ¡Cómo me gustaría poder conversarlo ahora!

Fuimos descendiendo despacio, disfrutando. No teníamos prisa y estábamos encantados con el lugar. La voz de las cascadas se volvía más fuerte con cada paso y cuando estuve frente a una de ellas, la más grande, me sentí  agradecida por la oportunidad de estar ahí, ante semejante maravilla.  Soy un ser de agua que renace y resurge en su presencia. Extendí las manos y miré al cielo mientras las gotas de agua me mojaban la cara. Sonreí en armonía con la vida y también con mis sueños.

 

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Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

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Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

 

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Feliz. Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

Encontré una flor solitaria y preciosa. Volví a pensar en hadas y esta vez también en duendes. Este es un buen lugar para creer en la magia.

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Flor Solitaria. Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

Tomé muchas fotos y cuando estuvimos listos, continuamos con nuestro camino. Fue difícil despedirme de los Prismas Basálticos. No exageran cuando dicen que este lugar es una de las maravillas naturales de México. ¡Tienes que verlo!

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Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

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Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

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Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

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Prismas Basálticos San Miguel Regla Hidalgo

El siguiente lugar que visitamos fue el Museo de los Duendes, en Huasca de Ocampo.  Salió el sol y disfruté el paseo por la carretera tan verde.  El museo está un poco apartado del pueblo. No tenía idea de que existiera un museo de duendes en México pero no me sorprende que sea justo en este pueblo mágico donde haya uno. Para llegar hay que atravesar un bosque de flores rojas y árboles de follaje colgante. No es difícil imaginar que es un bosque encantado donde viven seres mágicos.

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Entrada al Museo de los Duendes Huasca de Ocampo Hidalgo

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Entrada al Museo de los Duendes Huasca de Ocampo Hidalgo

¿Has visitado lugares así por allá? Hay muchas historias de duendes, hadas y otros seres en Europa. ¿Me contarías las historias que conoces?  No sé por qué ahora me parece importante saberlo.  No puedo evitar pensar en las cosas que nos faltan por decir ahora mientras tú estás viviendo esta intensa batalla en la cama de un hospital.

Te escribo esta carta con las conversaciones que no puedo enviarte ahora.  No suelen gustarme los mensajes de voz, excepto cuando son para tí. Lo más raro que me está sucediendo en estos días es que a menudo, en las mañanas cuando camino a mi casa, pienso en mensajes de voz lo que quiero contarte. Quisiera poder plasmarlos en esta hoja así como vienen a mi mente, pero no logro hacerlo.

El Museo de los Duendes es un lugar para creer en lo imposible.  Fantasía o realidad, aquí es fácil imaginarse a los duendes haciendo columpios en las crines de los caballos y es casi inevitable pedir un deseo sin sentir la certeza de que se realizará.  Como todo jardín mágico, los jardines de este museo tienen flores y duendes.

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Entramos a la casa, la primera sala que está decorada con muñecos y dibujos de estos seres mágicos. También hay fotografías que muestran que estos seres sí existen. Hay crines de caballo con columpios.  Aquí una persona nos contó la historia del  museo y de las travesuras de los duendes, de lo que les gusta y disgusta.  Después hay dos salas más que visitar con  más muñecos de duendes y hadas, el nombre y características de cada uno y también donde podemos encontrar testimonios de las personas que se los han encontrado en su camino.

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No es necesario creer en ellos para sentir la magia. Sólo se trata de permitir que la imaginación haga lo suyo.  Sentí la presencia de estos seres en todo el lugar.  Estaba emocionada como niña chiquita.  Tal vez te habría causado gracia verme, como aquel día que me la pasé batallando con las agujetas de mis tenis que se desamarraban cada cinco minutos. Tú me tomaste una foto muy divertido mientras me las amarraba de nuevo. ¡Quiero escucharte reír otra vez!

En las noches en el bosque de este museo hay un paseo para llegar al árbol de los duendes. Hay que caminar alrededor de kilómetro y medio.  El paseo termina con una fogata y malvaviscos asados. ¡Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que comí malvaviscos asados!  Muero de ganas de pasar una velada así, con una fogata en un bosque encantado.  ¡Gran idea de Jea traerme a este lugar! ¡Fue una sopresa que me hizo muy feliz!

En el jardín de este museo hay flores muy hermosas que me gustaría sembrar en mi pequeño jardín.  Por cierto, me acordé de ti cuando mencionaron el nombre de la creadora del museo pues se llama Cristina Cortés de Herwig.

Fuimos al centro de Huasca y caminamos por sus calles. ¡Qué pueblito tan acogedor y silencioso! No hacía frío ni calor, fue una tarde fresca.

 

Comimos en un lugar con mesas al aire libre y comida típica. Yo pedí una exquisita sopa de setas pero no te la recomiendo porque picaba mucho.  La acompañé con una caguama de cerveza oscura y me la tomé casi toda. ¡Qué locura! ¡Pero estábamos muy felices los dos disfrutando de este viaje! Además combinaba bien con las quesadillas de huitlacoche y de flor de calabaza que también me comí.

Un muchacho tocó la guitarra y cantó varias baladas.  No sé si tenía una gran voz o no, lo que se me quedó fue su forma de sentir la música al cantar, la fuerza de sus sentimientos impregnada en su voz. Me conmovió escucharlo.

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Huasca de Ocampo, Hidalgo

Después de comer llegó la hora de irnos.  Me quedé con ganas de estar más tiempo en Huasca para visitar sus cascadas, sus bosques (El Zembo, El Bosque de las Truchas),  sus balnearios de aguas termales, la Barranca de Aguacatitla. Huasca es un pequeño paraíso de cuya existencia yo no sabía nada. Ahora cuento los días para volver a visitarlo.

Nos tomó poco más de media hora llegar a Mineral del Monte (también conocido como Real del Monte). Fue como viajar al otro lado del mundo donde ahora es invierno.  Además del viento helado, llovía con abundancia y el pueblo estaba cubierto de niebla. Esto le dio una apariencia misteriosa a este pueblo mágico y me sentí muy bien aquí. A pesar de que no me gusta el frío, me enamoré de este lugar. Eso sí, la próxima vez que venga traeré ropa de invierno.

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La Niebla que nos dio la bienvenida en Mineral del Monte (Real del Monte) Hidalgo

 

La lluvia no nos impidió pasear por el centro y disfrutarlo.  Así como en Mérida y Campeche, aquí también hay casas de colores claros. Es un pueblo alegre y sus edificios tienen tejados al estilo inglés. Me parece que esto se debe a la presencia de los ingleses en este pueblo durante el siglo XIX.   ¡Me gustaron mucho!

Sus calles no son planas, suben y bajan, hay muchos empedrados que realzan su belleza. Sin tanta lluvia, sería interesante correr por aquí.  ¡Me encantó el estilo de Real del Monte!  Tuve la sensación de estar en un lugar donde el tiempo no avanza, donde la vida es tranquila y las personas sonríen más a menudo. Mineral (o Real) del Monte es un lugar silencioso donde casi no se percibe la presencia de los coches.  Pude imaginarme viviendo aquí a pesar del clima.

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Mineral del Monte (Real del Monte) Hidalgo

¿Te gusta la lluvia, Herwig?  Me viene a la mente esa tarde en la que llovió sólo un ratito y nos mojamos divertidos.  Entre risas tú tomabas fotos y no interrumpimos nuestra caminata. Esa lluvia fue pasajera, pero en Mineral del Monte nos tocó una tormenta tropical que nunca se detuvo.  Al final del día terminamos con los pies helados pero puedo decirte que valió la pena.

Cuando la lluvia se volvió demasiado intensa y mojarnos dejó de ser una buena idea, encontramos refugio en el Puerta Niebla Café, el cuál llamó mi atención por su “hola” escrito en la puerta. ¡Fue el mejor lugar para resguardarnos de la lluvia! Es un rincón de paz y arte, un cafecito cálido y agradable. Los manteles individuales son hojas en blanco y en las mesas hay crayolas.   Jea y yo nos pusimos a dibujar, ambos nos emocionamos con los colores.

Pedí un chocolate (oscuro) caliente. ¡No esperaba una taza tan grande! Me agradó que tuviera un conejito dibujado en la leche. La bebida estaba exquisita.  En el Puerta Niebla Café me sentí como en el Nirvana. ¿Por qué en la ciudad no he encontrado un lugarcito tan encantador como éste?

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Delicioso chocolate (oscuro). Puerta Niebla Café Mineral del Monte (Real del Monte) Hidalgo

Una vez que salimos de ahí, nos enfrentamos de nuevo a la lluvia y viento helado. No teníamos más ganas de caminar.  Vimos un camión turístico y nos agradó la idea de hacer un recorrido por Real del Monte, el cual duraría una hora y pasaría por el Panteón Inglés. Nos subimos y esperamos a que llegaran más pasajeros. Después de veinte minutos el camión todavía no arrancaba, decidimos regresar al hotel: ya era tarde.

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Transporte Turístico Mineral del Monte (Real del Monte) Hidalgo

Había un restaurante cerca del hotel, se llama Tejeda el Serranillo y nos gustó para cenar. Había música en vivo y la comida se veía bien. El ambiente es agradable y la comida estuvo rica.

Fue un buen día y me hubiera gustado que el tiempo se detuviera un ratito.  Llovió toda la noche y hacía tanto frío en la mañana que no quería levantarme, las cobijas me protegían de este clima invernal.  Me asomé por la ventana y la neblina lo cubría todo: sólo se veían los árboles frente a nuestra habitación.  Aunque tanta blancura me dio más frío, no puedo negar que era un día hermoso.

Ya sabes cuánto me gusta el blanco del invierno. Cada año me mandas fotos de la nieve en Innsbruck. Cada año soy feliz al recibirlas. Sólo dos veces en mi vida he estado frente a la nieve y no se compara con el invierno en tu ciudad.

Desayunamos en el restaurante Real del Monte.  Pedí unos chilaquiles y me los sirvieron con aguacate y cilantro. No los había probado así. Me gustaron. Comí también un pan de anís que me cayó bien con el café de olla.

La idea de caminar no era muy atractiva pues llovía a cántaros y hacía mucho viento. Tomamos el transporte turístico. A diferencia del recorrido de la noche, en la mañana no pasa por el Panteón Inglés. Fue una hora de pasear por el pueblo sin preocuparnos por la lluvia. El guía nos iba contando la historia de Mineral del Monte y de los lugares por los que pasamos.   Hay algunas esculturas de mineros para honrar a tantos mineros que perdieron la vida haciendo su trabajo.  Pasamos por una mina pequeña. Nos contó el guía que ahí se cayó un elevador y murieron como 50 personas.

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Transporte Turístico Mineral del Monte (Real del Monte) Hidalgo

Nos llevaron al mirador donde hay una vista panorámica del pueblo.  Tuvimos diez minutos para caminar por este lugar.  Se supone que la vista es increíble pero no pudimos comprobarlo pues lo único que se veía era la capa de neblina que nos cubría. Nos envolvía una blancura deslumbrante.

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Mirador. No pudimos ver el pueblo, sólo la neblina. Mineral del Monte (Real del Monte) Hidalgo

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Mirador Mineral del Monte (Real del Monte) Hidalgo

Cada lugar tiene su gastronomía típica y sería imperdonable contarte de Mineral del Monte sin mencionar sus pastes.  Es un pan relleno de diferentes ingredientes, los típicos son de carne y papa pues tienen su origen en los pasties británicos que justamente se preparaban así.  Los hay rellenos de frijoles, de pollo, de tinga, de rajas. También los hay dulces, por ejemplo, de zarzamora con queso philadelphia.  Es una delicia comerlos recién hechos, bien calientitos en un día tan húmedo y helado como el de ese día. El pan se deshacía en mi boca.  Nos comimos dos pastes cada uno y compramos varios para llevar a casa. ¡Cuando vengas a México tienes que probarlos!

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Este no es un paste típico, pero estaba delicioso. Era de jamón con queso. Mineral del Monte (Real del Monte) Hidalgo

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Haciendo Pastes 🙂 Mineral del Monte (Real del Monte) Hidalgo

Al escribirte de los pastes, recordé mi primer día en Innsbruck, cuando fuimos a la montaña y comimos kiachl mit kraut, no los había visto nunca. Me parecieron como una especie de cuernitos austriacos. Estaban rellenos de sauerkraut y estaban muy sabrosos. ¡No puedo creer que eso fue hace once años! ¡Quiero volver a Innsbruck! ¡Quiero que mi familia te conozca en persona y viva la belleza de tu ciudad! ¡Cómo quisiera poder acompañarte ahora! Eres fuerte y a pesar de la debilidad que acompaña estos días, incansable luchas por recuperar la salud. ¡Quiero verte de nuevo!

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Comiendo kiachl mit kraut en Innsbruck, Austria 2006

El último lugar que visitamos antes de regresar a la ciudad fue el Panteón Inglés. Creo que en ese momento fue cuando más fuerte llovió.  La neblina seguía cubriéndolo todo y cuando llegamos, Jea y yo éramos los únicos visitantes.  Me encantan las películas de terror y este sería el ambiente ideal para crear una historia. Este clima sombrío embelleció más el lugar.  Aunque tuve sentimientos encontrados (no suelo visitar los panteones, nunca me han gustado) este es un lugar espectacular.  Las tumbas están alineadas mirando hacia Inglaterra, excepto una tumba que pertenece a un payaso.  Debido al clima, no hubo quien nos contara las historias y leyendas de los habitantes de este panteón.  Debido al agua, nuestro paseo fue muy solitario. Éramos dos vivos en el reino de los muertos.   A ambos nos gustó esta visita y me gustaría mucho repetirla con menos agua y más historias.

Empapados llegamos al auto y emprendimos el regreso a casa. Saliendo de Mineral del Monte dejó de llover.  Tuve la oportunidad de admirar el cielo deslumbrante en la carretera Pachuca – México.

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Cielo Carretera Pachuca – México

Este es el viaje que tantas ganas he tenido de platicarte. La pluma me ayuda a lidiar con este silencio, esta pausa en nuestras conversaciones. No puedo visitarte pero mis pensamientos están contigo.

Me enteré que hoy te llevaron a otro hospital donde esperan ayudarte a estar más fuerte. Agradezco a las personas que me mantienen al tanto de tu salud en estos días de incertidumbre.  Descansa querido Herwig, ojalá se cumpla tu sueño de venir a México. ¡Hay tanto que mostrarte en México!  Por supuesto, los pueblos mágicos de Hidalgo no pueden faltar en esa lista de lugares que visitaremos entonces.

Antes de la cirugía me dijiste que estabas tranquilo y pensando positivo. Estabas en paz, no tenías miedo y confiabas en que todo estaría bien.  Me dijiste que quieres volver a verme. ¡Qué vas a volver a verme!

Yo también quiero volverte a ver.

Descansa , Herwig. Todo va a estar bien.

Te mando un fuerte abrazo lleno de luz,

Carla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Corrí mi primer maratón y no morí en el intento

•September 5, 2017 • Leave a Comment

Llegar a la meta es el mayor reto cuando uno corre un maratón. Es el resultado de un entrenamiento arduo, de una disciplina férrea, de una fuerza de voluntad extrema. Dirigirse hacia el kilómetro 42.195 puede significar avanzar por un camino espinoso donde nos encontrarnos desnudos ante a un dolor inimaginable. El maratón nos mostrará de qué estamos hechos.

Llegar a la meta lo cambiará todo.  No tengo idea de cómo será el universo del maratón. Lo único claro que tengo en la mente es esta imagen mía cruzando la meta y me aferraré a ella en los momentos más duros de esta carrera.

Domingo 27 de agosto 2017. Día del Maratón de la Ciudad de México. Día de mi primer maratón, el primero.

5:00 am

Me despierta el sonido de la alarma. Contrario a lo que esperaba, sí pude dormir bien en la noche. Me levanto de la cama y todavía no puedo creer que en un par de horas empezaré a correr un maratón. No sé si me siento muy poderosa o muy loca. Quiero sacudirme el miedo que me está perforando el estómago. Voy al baño. Desayuno. No logro estarme quieta cuando mi marido y yo nos subimos al coche.

6:20 am

Me bajo del coche en el Metro Chabacano. El viaje para los corredores es gratuito esta mañana. Me siento orgullosa del número que llevo en el pecho.  Hay muchos corredores esperando pero el metro no llega. Quisiera platicar con alguien pero me mantengo en silencio. Me tiemblan las piernas. Muchos corredores ven sus relojes.  La espera nos pone ansiosos. Nos preguntamos qué sucede.  Cuando por fin llega, los vagones están llenos. Afortunadamente son sólo dos estaciones,  casi todos nos  bajamos en Pino Suárez.   Conozco a una corredora que me guía en el camino. Ya ha corrido maratones antes y me da ánimos. Sus palabras de aliento  me dan calma. Entrené muy duro para esto. ¡Tengo que confiar en mí!  Me veo cruzando la meta y con esa imagen me relajo un poco.

Soy tan nerviosa que siempre antes de una carrera necesito ir al baño. Esta vez la fila es muy larga, como nunca me había tocado. Platicamos entre corredores para sobrellevar la espera.  ¡Me encanta el ambiente de compañerismo que hay en las carreras!  Los corredores nos animamos unos a otros.  Quienes ya han corrido maratones nos dan consejos y nos dicen palabras de aliento a los que lo haremos por primera vez.  Estoy llena de adrenalina.  ¿Cuándo se me ocurrió hacer esto? ¿Por qué lo hago?

No quiero estar sola, tengo escalofríos.

El Comienzo

Estoy en el bloque de salida, mirando la hermosa Catedral del Zócalo. Me enamora mi ciudad.  El viento sacude la bandera de México y ya casi amanece. No puedo cantar el Himno Nacional porque temo que se me escape el llanto.  Estoy conmovida  y todavía no puedo creer que soy parte de este magno evento.

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Maratón de la Ciudad Comienzo. 27 agosto 2017

La orquesta toca la canción de Cielito Lindo. Escuchando esa canción que tanto me gusta se me olvidan los nervios, la distancia, las dudas. Me acomodo los audífonos y avanzo despacio. Estamos cada vez más cerca de la salida.

Pienso en lo que he pasado para llegar a este momento.  Una sola palabra viene a mi mente: determinación.

Alegría

Llego ilusionada a la salida.  Deseo esta locura con todo mi cuerpo.  Me sacudo los miedos y empiezo a correr con el corazón y sonriendo. Disfruto cada zancada, cada suspiro del viento. Es un fabuloso día nublado.  Aunque hay mucha gente, tengo espacio para moverme a mi ritmo y avanzar de acuerdo con lo planeado en mi entrenamiento.

Hay música y una gran cantidad de personas echándonos porras.  Es un ambiente alegre. Los corredores comenzamos ligeros, abrazando nuestros sueños. Estos primeros kilómetros saben a gloria. Le sonrío a la banda que toca en vivo ahora.

Sin distraerme intento mirar el espectáculo a nuestro alrededor. Hoy la calle es de los corredores.  Me encanta tener la calle para mí.  Mi ciudad es muy hermosa y corro con el orgullo de ser mexicana.

Tomo mi primera dosis de carbohidratos, unas ricas gomitas, y sigo adelante, fresca como lechuga.

Pasando el kilómetro diez aumento la velocidad. No tengo miedo ni dudas. Me siento poderosa e invencible. Todavía no voy ni a la mitad del camino pero me veo llegando a la meta como si fuera una heroína. Luego me río de mi delirio de grandeza pero no me permito perder el ritmo que llevo. Me hidrato cuando lo necesito y me parece que estoy en el paraíso.

¡La vida es hermosa! ¡Estoy corriendo el maratón! Voy muy feliz.  Cuando llega el momento tomo mi segunda dosis de carbohidratos. Saboreo mis gomitas.  No voy lento pero tampoco exagero con la velocidad.  Estoy cada vez más cerca de llegar a los 21 kilómetros y me sorprende que no estoy cansada. ¡Vamos con todo!

Desconcierto

Cada vez me falta menos para llegar  a la mitad. Tengo mucha energía y estoy bien. ¡Sí puedo!  Estoy tranquila y voy a buen ritmo.  Avanzo, me siento tan bien que estoy segura de que lograré hacerlo en el tiempo deseado.

¡Qué sensación de bienestar tan grande me domina! Todo parece ir viento en popa pero… ¿Qué pasa? ¡No! ¡Me duelen mis corvas! El dolor es ligero pero me obliga a bajar la velocidad. ¿Por qué me duelen?  ¡Ya había superado esto!  Estoy tan enojada que no logro pensar con claridad.  Me frustra mucho no poder ir más rápido. Una lágrima se me escapa: estoy desesperada.  Me falta poco más de la mitad para terminar.  Todavía voy bien de tiempo pero me duele.  Quiero parar y llorar. ¡No! ¡No pienso detenerme! Me sacudo el enojo, respiro y una vez más me veo en la meta. Entrené muy duro para lograrlo.  ¡Piensa positivo, Carla! ¡Tú puedes! ¡Vamos!  Sigo corriendo. Tomo mi dosis de carbohidratos, esta vez es pinole. Me gusta su sabor y me reanima.  Tengo más energía y sigo corriendo. Ya pasé el kilómetro veinte.

Escucho mi nombre y emocionada veo a mi cuñada, quien me está echando muchas porras. Me dice que voy muy bien y que llevo un tiempazo. Me emociono muchísimo. Verla me alegra, me levanta el ánimo.

Ya pasé de la mitad, pero todavía me falta un largo camino que recorrer. No estoy cansada pero las corvas me duelen. Corro. Me duele. Corro y pienso positivo.  ¡No te detengas, Carla! Sigo adelante aunque tengo que disminuir la velocidad. Tengo muchas ganas de llorar.   Todavía debo ir más lento.  La desesperación y el enojo aparecen de nuevo.  No puedo seguir corriendo. Necesito caminar. Me detengo y grito.  Para calmarme intento respirar despacio como cuando medito. ¿Qué hago ahora? ¡No sé qué hacer! ¡Avanza, Carla! ¡Avanza!

Me habla un corredor. Extiende la mano y me da una bolsa de hielos, me dice que me los ponga, que me va a ayudar para seguir. Me tardo en darle las gracias porque estoy demasiado sorprendida por ese gesto tan noble. Me pongo la bolsa en una corva y luego en la otra. Lo repito dos veces más.  Las personas en la porra nos dan ánimos. Nos apoyan.  Con sus porras siento mi cuerpo llenarse de energía.  Me calmo. Me niego a darme por vencida.  Camino, troto y corro de nuevo.  ¡Ya casi llego al kilómetro 29!  Me esfuerzo en no llorar, dejo de pensar en el tiempo: es hora de ver hacia adelante. No debo concentrarme en el tiempo sino en llegar a la meta. Lo importante es terminar.

Tomo mis carbohidratos, el sabor del pinole endulza mi ánimo y acelero un poco el paso. ¡Ahí está mi amigo fotógrafo! Ver una cara conocida me hace feliz. ¡Qué agradable sorpresa! Sonrío y me toma una foto.

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Maratón de la Ciudad 27 Agosto 2017

Yo decidí estar aquí ahora y debo disfrutarlo.  Escucho la banda que toca la trompeta y varias mujeres vestidas de catrinas están bailando. Es una fiesta y vamos a celebrar. Vuelvo a sentirme motivada. Corro y lo disfruto. No voy rápido pero estoy bien.

El dolor no se esfuma. ¿Qué pasa con ustedes queridas corvas? ¡Quedamos en llegar al final! Por cierto, ¿cuánto falta?  ¡Qué desesperación! Me resulta difícil mantenerme motivada con este dolor. ¿ Por qué estoy haciendo esto? Podría estar en mi casa tranquila, escribiendo o viendo una película. ¡Por qué nadie me detuvo cuando dije que quería correr un maratón? ¡Cómo te gusta sufrir, Carla! ¡Demonios! No. No voy a llorar, no ahora! ¡Quiero detenerme!

-¡Charlie! ¡Charlie!

Esos gritos me sacan del trance, oír que me llaman me da alivio.  ¿Quién es? ¿De dónde viene esa voz? ¡Es mi cuñada!  Me grita emocionada y sonriendo de oreja a oreja. Su sonrisa me recuerda porqué estoy aquí y vuelve a mí la meta que me espera. Me dan ganas de abrazarla pero no debo distraerme. Ya le agradeceré después.  Regresa a mí la felicidad de estar aquí, en esta carrera. Quiero decirle al mundo que sí puedo. ¡Sí puedo, sí puedo, sí puedo!

Voy a llegar a la meta.  Pienso en mis corvas. ¡Resiste, Carla! Sonrío con fuerzas renovadas para la foto que me está tomando mi cuñada. ¡Ya voy en el kilómetro 31! No estoy cansada ni me estrello contra ningún muro.  No le temo a la distancia; si no fuera por el dolor, estaría corriendo en las nubes.

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Maratón de la Ciudad 27 agosto 2017

Me faltan once kilómetros. ¿Qué son once kilómetros? Ya he corrido esa distancia innumerables veces. ¡No falta nada! ¡Corre, Carla! ¡Vamos!

Frente a mis demonios

Voy en Chapultepec. ¿Cuándo llegaré a Insurgentes? Avanzo lo mejor que puedo. El dolor se intensifica.  ¡Necesito un abrazo! ¡Ya no quiero estar aquí! ¿Cuándo se va a acabar el dolor?  ¡Ya no lo soporto! Moverme es una tortura. ¿Qué pasa con mi cuerpo? Dejo de correr y ahora voy a caminar por unos pocos metros.  Me siento un poco mejor. Tomo agua.  Recuerdo las palabras de un amigo maratonista a quien admiro mucho: “Rendirse no es una opción”.  Tiene razón, no es una opción, ¿pero cómo sigo adelante?  ¡Sáquenme de Chapultepec!

¿Dónde está Insurgentes? Parece que, por fin, está frente a mí.  Aunque es enorme, esta calle me llevará al kilómetro 42.195.  Eso me da una cierta paz.  Creo que estoy lista para trotar de nuevo.  Me encuentro con mi amigo y compañero de entrenamiento, me da mucha tranquilidad verlo. ¡Ya no estoy sola! Me voy corriendo a su ritmo. Me da calma ir acompañada. Por fin puedo ir un poquito rápido. Quizá pueda lograr seguir a este ritmo. Me emociono pero el dolor me obliga a poner los pies en la tierra. Pierdo de vista a mi compañero.

Camino mientras tomo agua. Lloro. Grito. Lloro. Me detengo. Las personas en la porra gritan mi nombre, me animan a seguir avanzando. Escuchar mi nombre y ver sus sonrisas me da energía.  ¡Vamos, Carla!  Empiezo a correr de nuevo. ¡No puedo! ¡No puedo! ¡Ya no quiero nada! ¡Ya basta! ¿Cuánto falta para llegar a San Ángel?  Tomo agua. Ya nada me importa.  Faltan menos de ocho kilómetros para terminar. Me siento tan lejos y tan cerca.  ¿Qué hago aquí? ¿Qué me hizo pensar que sí podía? ¡Me duelen las corvas!  ¡Estoy harta! Quiero detenerme.  ¿De qué sirve esta lucha?  ¿Para qué me esfuerzo? ¡Soy una masoquista! ¡Qué ocurrencia la mía de correr un maratón!  No quiero volver a hacer esto. Parada en esta calle inmensa quiero sentarme a llorar mi derrota.

¡Diablos! ¿Qué te pasa, Carla? ¡Deja de pensar tonterías! ¡Muévete! ¡Rendirte jamás será una opción! Nunca te has rendido y no vas a hacerlo  ahora.  Entonces mis piernas responden. Avanzo despacio, troto y puedo correr un poco. Parece que me faltan miles de kilómetros y no sólo unos cuantos. Otro kilómetro más y San Ángel no está a la vista.  ¿Qué está pasando? ¿No se supone que ya falta poco?  ¡Quiero escapar de aquí! ¿Dónde está la salida?  De nuevo tomo agua. No tengo sed pero tiene un efecto calmante en mi cuerpo y necesito sentir alivio.

Solidaridad, compañerismo y porras.

No sé si puedo seguir avanzando.  Me detengo.  Escucho la voz de un corredor, insiste en que no me detenga, me hace señas para que siga adelante, me asegura que voy bien y me habla de los calambres, no descansa hasta verme correr de nuevo.  Yo lo miro agradecida, muy agradecida.  Conmovida lo sigo y salgo del trance en el que estaba. Cuando se cerciora de que voy bien, recupera su ritmo y sigue su camino.  Quisiera saber su nombre para poder agradecerle.  Su solidaridad me deja sin palabras. Sigo corriendo y las personas a mi alrededor me animan, me sonríen, me gritan que siga adelante, me llaman por mi nombre.

¡Hay gente maravillosa en el mundo!  Una de las razones por las que tanto disfruto participar en las carreras es por la solidaridad de las personas, por el compañerismo que se vive aquí, porque en eventos como éste compruebo que el amor al prójimo si existe y que, a pesar de todo, las personas somos buenas. En días como hoy se renueva mi fe en la humanidad.  Este deporte muestra lo mejor de nosotros. ¡Qué afortunada soy por estar aquí ahora! ¡La vida es hermosa, muy hermosa!

Corro hasta que mis corvas se quejan de nuevo. ¿Cuántos kilómetros faltan? Rechazo los pensamientos negativos pero el dolor quiere tumbarme. ¡Me enoja tanto sentir este malestar! ¡Estaría ya terminando si no tuviera esta molestia!  La calle es tan larga que parece que no llego a ningún lado.  Me faltan alrededor de cinco kilómetros y me siento un poco rota. ¿Por qué no veo San Ángel?   Tengo muchas ganas de llorar y de gritar. Tomo agua y eso me reanima.

Las personas que vienen a echarnos porras, gritan mi nombre y me sonríen.  No puedo evitar sonreírles y esforzarme más. Avanzo y avanzo pero quiero parar. Las lágrimas me traicionan y me desespero. Pronto me encontraré con mi mamá y no quiero que me vea desanimada.

¡Por fin voy llegando a San Ángel! Corro lo mejor que puedo. Mi mamá me grita emocionada y me siento la más fuerte y bendecida.  El dolor no me importa. Sonrío para mi madre que siempre me ha llenado de amor, sonrío a la vida y corro lo mejor que puedo sin pensar en nada más que en llegar a la meta.

Hacia la meta

Ya casi llego al kilómetro cuarenta. ¡Cómo duele! Contra mi voluntad tengo que detenerme. Cada vez es más difícil contener el llanto. ¿Desde cuándo dos kilómetros son tan largos? ¡Es sólo una vuelta en Viveros! ¡Sólo me falta una vuelta en Viveros! ¡Cómo no voy a poder con eso!  ¡Caramba!

Tomo agua y me quedo pasmada buscando alivio. Dos corredores me instan a seguir, me esperan, me acompañan. Emocionada voy con ellos. Los sigo. Ahora tengo que disminuir la velocidad.  Me siento mal. Estoy a punto de escupir el llanto atorado cuando veo a mi marido buscándome emocionado. ¡Quiero quedarme con él!  Tomo aire y me trago el llanto. Soy fuerte y puedo controlarme.  Me niego a desertar ahora.  Corro lo mejor que puedo y cuando estoy a su lado le sonrío casi sin detenerme.

Por fin llego al kilómetro 41. ¡Sólo queda un kilómetro! Me falta muy poco pero no logro ver la meta. Mis corvas me detienen. Camino y cuando puedo troto.  Las personas me gritan: “¡Vamos Carla! ¡Ya llegaste! ¡Vas bien! ¡Carla!”. Los escucho y les creo.  Cada vez que dicen mi nombre y me gritan emocionados me siento más fuerte y comprometida con mi sueño.  ¡Las personas son maravillosas! ¡Maravillosas!

Camino, troto y corro. Camino, troto y corro, pero este último kilómetro me pesa como si fueran cinco. Sigo sin ver la meta. ¿En verdad es sólo un kilómetro?

¡Por fin estoy frente al túnel que me llevará al estadio! Para llegar a él hay que bajar. Sólo de pensarlo me lleno de escalofríos. ¿Qué voy a hacer ahora? Me aterra esta bajada. Veo pasar a los corredores y no tengo el valor de avanzar…pero, ¿me voy a quedar tan cerca de la meta sin lograrlo?  ¡No puedo hacer eso! ¡El dolor no me va a vencer! ¡Queridas corvas es el último esfuerzo!  Me armo de valor y bajo muy lento con lágrimas en los ojos pero lo estoy logrando. ¡Un paso a la vez y claro que puedo!  ¡Llegué al túnel! ¡Estoy entrando al estadio! La subida me da alivio.  ¡Ya puedo ver la meta! ¡Lo voy a lograr! Me vuelvo fuego. Corro ilusionada. Revivo con cada zancada. Sonrío hasta que me duelen los labios y también libero el llanto contenido.

¡La meta! ¡Tengo los pies en la meta!  Siento que muero y renazco al mismo tiempo. Es extraordinario vivir esto. ¡Tengo los pies en la meta y estoy entera! Debo seguir avanzando pero necesito saborear este momento. Miro incrédula hacia adelante. Si hubiera un espejo frente a mí no me reconocería: no soy la misma persona que empezó esta carrera.  Sigo sorprendida por lo que fui capaz de hacer. Soy más dura de lo que imaginaba. Tengo la sensibilidad a flor de piel. Por primera vez me felicito sin que me cueste trabajo, sin sentirme culpable o recriminarme.  Ahora soy capaz de reconocer mi mérito.

Avanzo hacia la zona de recuperación llena de amor, agradecimiento y satisfecha, muy satisfecha. Aunque me tiemblan las manos, puedo tomarme una selfie.  Estoy volando. Si pudiera brincaría una y otra vez para celebrar, pero mis corvas no están listas para eso. Estoy en éxtasis.  Alguna vez me creí débil, inútil, incapaz de hacer realidad mis sueños. Miro a esa Carla del pasado y le digo que no es nada de eso, que vea lo que hemos logrado ahora.  En este viaje de 42.195 kilómetros me liberé de los complejos, no puedos y telarañas que me han acompañado a lo largo de mi vida. Ahora estoy limpia.  A esa Carla del pasado le parecía imposible correr un maratón y la Carla que soy ahora acaba de hacerlo. ¡La vida es un gran regalo!

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Maratón de la Ciudad de México 27 agosto 2017

Este ha sido hasta ahora el recorrido más duro que he hecho.  Ya tengo mi medalla en la mano. Es la letra C, para mí, C de Carla.  Me siento la dueña del mundo, una mujer todopoderosa, la reina de mi feliz locura.

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Mi medalla del Maratón.

Volveré a correr un maratón y lo haré mejor que ahora. Aprenderé de mis errores y haré el viaje sin dolor. Hoy ya sé que sí puedo lograrlo. Tengo un año para entrenar y corregir mi zancada.

Saliendo del área de recuperación me encuentro a una amiga corredora a quien admiro mucho. Lo primero que me dice al verme es: “Ya eres maratonista”.  No lo había pensado. Siento escalofríos. ¡Es cierto!  ¡Soy una mujer que corrió un maratón! ¡Llegué entera a la meta! ¡Lo hice!

Durante cuatro horas con treinta y ocho minutos viajé en un mundo donde lo más difícil fue enfrentarme conmigo misma y donde las personas mostraron su mejor cara. Fueron 42.195 kilómetros de solidaridad, compañerismo y apoyo. Agradezco este viaje profundo donde estuve en el paraíso y también en el infierno. Tengo la certeza de que éste es el primero de los muchos maratones que correré en mi vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Melancolía

•September 1, 2017 • Leave a Comment

Bebo la melancolía de la tarde

en una copa de esperanza efímera.

Mi lengua sabe a muerte.

 

Nos separa un mar de diluvios

y mis sempiternas brazadas

se estrellan contra la impiedad del tiempo.

 

En mi pecho arde el secreto del Hado,

ese lóbrego designio ineludible

de nuestra vítrea mortalidad…

 

Empapada por los aguaceros de la distancia,

y por el llanto del verano que se aleja,

me pregunto si podré abrazarte de nuevo.

 

Bebí la melancolía de la tarde

en una copa de esperanza efímera.

Hoy mi noche se viste de muerte.

Aguacero

 

 

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Una Tarde Triste

•August 23, 2017 • Leave a Comment

El nudo que no se deshace, ahorca.

Abril está sentada en la banca de un parque, mirando a la fuente seca. A pesar del sol que la deslumbra, tiene mucho frío. ¡Lo que daría porque alguien la abrazara en ese momento!

Esta tarde ella no es la mujer independiente que soñó ser y ni siquiera tiene a dónde ir: su casa es un iceberg donde la desesperación la consume.  Seca como la fuente está su voluntad de vivir pero prometió no volver a lastimarse.

En su desesperación se da cuenta de que el amor que no cobija, no sirve. La soledad acompañada es la más dolorosa y también la más asfixiante.  En este momento odia las palabras, en especial las que alguna vez le impregnaron en el cuerpo y que ahora sólo le recuerdan que está rota.  Tampoco le gustan los halagos pues además de incomodarla, por lo general implican un compromiso: quienes los dan esperan algo a cambio o buscan retener a la persona. Por si eso no bastara, Abril sabe que la mayoría de los halagos suelen irse con el viento que exhibe sus defectos.

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Cuando ella se ríe, es muy fácil quererla; sin embargo, ¿qué sucede cuándo surge lado sombrío y cae en el tétrico averno donde la muerte le da la bienvenida? Entonces las frases dulces se vuelven silencio y aquellos brazos se cierran.  Una vez más Abril se estrella contra la pared de sus errores.

Tiene tanto dolor que lleva días navegando en las tinieblas, donde carga el peso de su sombra y se viste con su yo más oscuro. No le importa que el mundo entero sepa no es sutil ni cariñosa. Puede ser respondona, cruel y sarcástica. Es impulsiva y no finge emociones que no siente.  Piensa que es tan desagradable que merece estar sola. ¿Será por eso que no la toman en serio cuando expresa sus ideas o sentimientos?

Sabe que nunca será la musa perfecta de ningún soñador. Tampoco es ni desea ser la mujer que espera a su hombre en casa con la comida lista ni mucho menos quien busque complacerlo en todo. No le corresponde ni siquiera la mitad de los halagos que ha recibido en su vida y por primera vez las palabras le dan náuseas. Si pudiera las escupiría todas hasta deshacerlas, pero ya no tiene fuerzas. Ya no. De nuevo se ha estrellado con un muro inconmovible.   Desorientada no quiere moverse.  El ayer se mezcla con el ahora y no halla una salida.  No piensa levantarse de la banca donde está sentada ahora, quiere permanecer en el parque; si no, ¿a dónde iría? ¿A dónde va uno después del amor?

El nudo que no se deshace, ahorca. ¡Lo que daría porque alguien la abrazara!

A veces lo único que puede salvarnos es un abrazo, un abrazo apretado, un abrazo dado con el corazón.