¿Por qué leo?

En diciembre al leer la página de la Gandhi (la librería), me encontré con la pregunta “¿Por qué lees?”.  Se trataba de un concurso y había que contestar la pregunta en un renglón, uno solo.  Pensé en participar pero no tuve la oportunidad de hacerlo; sin embargo, la pregunta siguió rondando mi mente.

“¿Por qué lees?”

Leo por amor. Eso fue lo primero que me vino a la mente. Leo por amor a las palabras, a las historias, a la humanidad.   Sin me embargo, decir leo “por amor” no me parece una respuesta suficiente. La mayoría de las personas que disfrutamos de la lectura hablamos justamente de eso: el amor por la lectura. Entonces si digo que leo por amor no estoy profundizando en mi respuesta y quizá no estoy aportando nada.

No me quedé conforme con mi respuesta. Por un rato intenté evadir la pregunta sin mucho éxito. ¿Por qué leo? ¿Qué puedo decir de la lectura sin usar las palabras amor, me gusta y otros sinónimos?  Por supuesto que leer me apasiona y fácilmente puedo sumergirme en un libro y olvidarme de todo lo que me rodea mientras el libro esté abierto frente a mí. Me divierto leyendo, claro que sí.  ¿Pero eso es todo? ¿Eso habría contestado?  “Leo porque me apasiona y me divierte. Leo por amor”.  ¿Eso es todo?  Obviamente no lo es.

Mientras buscaba la respuesta, me vinieron muchos recuerdos a la mente y empecé a ver las cosas con mayor claridad. La respuesta estaba en mi historia con los libros, en mi amistad con ellos.  En una de mis películas favorita, el musical de Camelot (1967), al comienzo Merlín le dice al rey Arturo: “Recuerda el principio…”.  Sí, el principio, aquel primer encuentro con  los libros en mi vida.

Mi relación con la lectura empezó en la infancia. La casa de mi abuelita materna estaba llena de libros. Eso para mí era como un paraíso. Me gustaban sobre todo los libros viejos, de hojas amarillentas y de olor a historia. Me preguntaba si mi abuelita los había leído todos. Nunca lo supe, lo cierto es que ella siempre leía. Era mi mejor amiga y yo la admiraba muchísimo. Tenía como 8 años cuando me dio el libro de Mujercitas de Louise May Alcott.  Recuerdo que estaba emocionada. Deseaba que disfrutara  leer tanto como ella y a ella le encantaba esa historia.  Ese libro fue una de las primeras novelas que leí que no fueran infantiles. Ya había leído muchas historias antes pero o eran historias infantiles con muchos dibujos o eran versiones clásicas adaptadas para niños (como, por ejemplo, la ligera y agradable versión de las mil y una noches), pero esa era mi primera novela “seria”.  Fue la primera que me impresionó, que tuvo un efecto importante en mi vida, que  cambió algo en mí.  Al instante me identifiqué con Jo March, una mujer rebelde, impulsiva, independiente que deseaba haber sido hombre para ayudar a su papá en la guerra y para ser libre;  ella era una mujer que se sentía incómoda usando vestidos y que no tenía la “delicadeza”  que se esperaba de ella. No, no le gustaban los convencionalismos ni tampoco las reglas para las mujeres. Jo era como  yo: rebelde, de carácter fuerte y diferente. No cumplía con lo establecido para la mujer de su época.   Al leer ese libro, ya no me sentía tan rara; es decir, aunque fuera en otra época y en otro lugar del mundo, había una mujer que pensaba como yo, una mujer que se negaba a hacer lo que se esperaba de ella sólo por ser mujer. Me sentí acompañada. Me sentí afortunada por parecerme a Jo. Me sentí bien por ser diferente y me defendía con más energía cuando intentaban obligarme a vestir faldas o  a ser “más femenina”.  Fue un gran regalo ese libro. No sólo encontré a alguien que se parecía a mí, sino que encontré una nueva y profunda forma de convivir con mi abuelita.  A partir de ese momento no sólo compartimos libros sino también nuestra visión del mundo relacionada con los libros que leíamos.

Encontré en los libros una forma de comunicarme, de ver y entender el mundo. En ese libro había encontrado a alguien como yo, lo  cual en ese momento me parecía imposible, y me di cuenta de que leyendo encontraría a más personas como yo y me sentiría menos inadaptada.

¿Por qué leo?

Porque en los libros encontré una manera de comunicarme y de pertenecer. La lectura me incluye aún cuando la sociedad me excluye.

Fui una niña solitaria, prácticamente sin amigos. Era tímida, torpe, extraterrestre y constantemente se burlaban de mí. Encontré en los libros a mis amigos.  Leí los cuentos de Hans Christian Andersen que me regaló mi mamá. Siempre me hablaba de sus cuentos. Me sentía como el patito feo aunque no esperaba convertirme en un cisne. Mi favorito fue y sigue sigue siendo “La sirenita”. La sirenita dio todo por amor y terminó convirtiéndose en espuma. Me la imaginaba volando con la brisa marina, dejando un agridulce aroma a sal en su camino.  Mi mamá también me regaló dos novelas de Enid Blyton: Las Mellizas de Santa Clara y Primer Curso en  Torres de Mallory. En ese entonces ya me acercaba a la adolescencia y leer historias de adolescentes me gustaba.  Pasaba los recreos sentada en una banca leyendo mis libros mientras comía mi almuerzo. También pasaba en la biblioteca buscando nuevos amigos que me acompañaran en los siguientes recreos. Así encontré la serie de libros de las Gemelas de Santa Clara y de los cursos en Torres de Malory. También en la biblioteca encontré los cuentos de Shakespeare (versión para “niños”) y el diario de Anne Frank en inglés (el cuál me dieron oportunidad de leer porque aunque todavía estaba chica, era muy “madura”).  Gracias a los libros mis recreos no eran solitarios, el tiempo no pasaba lento y yo me sentía bien.

¿Por qué leo?

Leo porque un libro es un amigo fiel: nunca me da la espalda, nunca me abandona y siempre está dispuesto a compartir su sabiduría conmigo.  Un libro me acaricia el alma, me consuela y la mayor parte de las veces me entiende.

No me imagino cómo habría sobrevivido a la adolescencia sin los libros. Encontré el amor ideal en el inexpresivo pero tierno Mr. Darcy de Jane Austen (Orgullo y Prejuicio); conocí a uno de mis más grandes y admirados héroes, Fernando Valle, en el libro de Clemencia de Ignacio Manuel Altamirano; descubrí que la imaginación es la mejor arma para vencer a la nada, a la apatía, a la indiferencia gracias a Bastián Baltasar Bux en la Historia Interminable de Michael Ende.  Me llené de escalofríos con la Gallina Degollada de Horacio Quiroga y viví la magia de las palabras en los cuentos impredecibles del genio Julio Cortázar. No me dio miedo Drácula y me emocionó su extraño amor por Mina en la novela de Bram Stoker. LLoré con el Nocturno de José Asunción Silva y llené mis tardes de poesía.  Encontré novelas prehistóricas y navegué en mundos de sueños, chamanes, animales de poder y un profundo amor, respeto y agradecimiento a la naturaleza que yo también compartía.  Descubrí a Danielle Steel y me llené del romance típico en una adolescente cursi.  Me desvelé en la Noche Navegable de Juan Villoro y me negué a parecerme a los hombres grises de Michael Ende. Me conmovió la poesía de Amado Nervo y llené un cuaderno con los significados de las palabras que no entendía. Me enojé con la abuela desalmada de la cándida Eréndira de Gabriel García Márquez y se abrió mi visión del mundo con el Tercer Ojo de T. Lobsang Rampa.

La literatura estaba llena de mundos que me alejaban de mi complicada adolescencia. Me enseñaban que todo era posible y mi mente comenzó a llenarse de historias.

¿Por qué  leo?

Leo porque en los libros encuentro la fuerza para sobrevivir en un mundo lleno de dificultades;  leer me da esperanza.

Tengo 38 años y sigo rodeada de libros, siempre deseando leer más. Empecé mi edad adulta con la exquisita novela  Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez. Me enamoré del realismo mágico. Leí la Casa de los Espíritus de Isabel Allende, Pedro Páramo de Juan Rulfo, Aura de Carlos Fuentes.  Me regalaron los cuentos del maestro del horror, H. P. Lovecraft y el Caso de Charles Dexterward me dejó sin aliento.  Gracias a una amiga descubrí a Paul Auster y encontré un camino para mi exagerado existencialismo. No puedo dejar de leer sus libros. Me inspiró Broken Music, la historia de Sting, quien dejó su trabajo como maestro de inglés y lo arriesgó todo por la música… En ese entonces yo era maestra de inglés y me preguntaba si tendría el valor de dejarlo todo por perseguir mi sueño. Cuando terminé una relación importante me reí con “The Between Boyfriends Book” de Cindy Chupack y pude encontrar el lado amable a mi soltería. Sufrí con  el Amante de Marguerite Duras y me encantó su erotismo crudo y doloroso. Me enredé en la obsesión de Orhan Pamuk con el Museo de la Inocencia. Al terminar el libro deseaba visitar ese museo y no podía borrarme esa historia de la cabeza. Hace unos años descubrí el Elogio al Insomnio de Alberto Ruy Sánchez y me hizo feliz saber que hay muchas personas que aman su insomnio tanto como yo.  Me gustó tanto su manera de escribir que busqué más libros de este autor.  Me un erotismo lleno de poesía en los Jardínes Secretos de Mogador, en los Nombres del Aire  y en Nueve Veces el Asombro. Me quedé con ganas de más. Quiero leer todos sus libros.

Estos son sólo unos cuantos de los libros que he leído y la lista de los autores que quiero leer y que admiro es cada día más larga…

¿Por qué leo?

Porque la lectura es mi manera de relacionarme con el mundo; leo para sentir algo cuando me siento vacía; leo para descubrir un mundo diferente al mío. Leo para entender al mundo, leo para encontrar el sentido, leo para reír, para llorar, para armar este infinito rompecabezas que es la vida.

lectura

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~ by Naraluna on January 20, 2015.

2 Responses to “¿Por qué leo?”

  1. Es realmente verdad lo que has escrito. Te comprendo a la perfección. Un saludo

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