Duelo.

Esta semana se cumple el primer aniversario luctuoso de mi pequeño amigo y gran maestro, Alex, un ejemplo de amor para quienes lo conocimos.  Tengo presentes a sus papás que cuentan con mi admiración, respeto y amistad.   También pienso en  las personas que he conocido que han sufrido una pérdida y  necesitan encontrar la manera de salir adelante.   Me viene a la mente lo que no se dice, el sufrimiento que se lleva en silencio, el difícil camino del duelo, de aprender a soltar, de soledad. No puedo imaginarme el laberinto de preguntas sin respuesta, la agonía de abrir los ojos y saber que no fue una pesadilla, las dudas, desaliento, oscuridad antes de levantarse de nuevo. Salir adelante en estos casos no es cualquier cosa y pienso que es uno de los retos más grandes que tenemos que enfrentar los seres humanos.

Pocas personas están preparadas para despedirse de una persona que aman. Decir adiós siempre es doloroso y cuando se trata de alguien cuya vida apenas comienza, es desgarrador, es confuso, es simplemente inimaginable.  Como padre, uno sabe que de acuerdo a la naturaleza,  son los hijos quienes lo enterrarán a uno y no al revés.  La idea de perder a un hijo es aterradora y si esto llega a suceder, la pérdida cambiaría nuestra manera de ver la vida; nos desorientaría, nos sumergiría en ese laberinto oscuro cuya salida desconocemos. Esto significa una tremenda caída de la cual  no todo mundo se levanta o recupera.

Yo, directamente, no conozco ese dolor tan inimaginable; pero sí conocí  la relativa cercanía a la muerte relacionada con un diagnóstico severo como lo es la leucemia, cuando nos dieron los resultados de los estudios de nuestra pequeña niña (ahora adolescente). Recuerdo el vacío en el estómago y la idea de perderla era  impensable,  fuerte,  angustiante. Nuestra pequeña salió adelante y todos los días doy gracias por su vida, por su salud, por poder abrazarla todas las noches antes de irnos a dormir. Pero para muchos otros padres, la historia es diferente y lo que  más asusta se convierte en una realidad, de momento inaceptable. Nos tocó despedirnos de algunos pequeños en el hospital. Recuerdo a Andy, a Casandra, a Aitana, a Ángel y también a la hermosa Sarai.  Recuerdo a Pamela, compañera de escuela de Rebeca, quien se sintió un poco mal un día y al final de la semana le cerró los ojos una enfermedad autoinmune, así, sin previo aviso.  Y quedan los papás, los hermanos, los familiares cercanos, los amigos que no pueden entender, que no encuentran explicación, queda la ausencia que duele hasta quitarnos las ganas de respirar… y comienza el largo camino del duelo.

No tengo explicación y a veces estoy llena de preguntas sin respuesta.   Por lo tanto, hace tiempo que dejé de preguntarme lo que no está en mis manos contestar o entender; ahora busco concentrarme en lo que sí se puede resolver. Cuando alguien se va, eventualmente, necesitamos aceptarlo; a pesar de la pérdida, de la posible oscuridad, la vida tiene que seguir aunque al principio uno avance sólo por inercia.

Me cuesta trabajo escribir sobre este tema, sobre todo porque vivimos en una sociedad que le teme a la muerte y que, por consiguiente, evita hablar de ella.

La muerte es parte de la vida, es algo natural e inescapable. No es un castigo, ni una prueba ni nada negativo, es parte de ciclo de la vida aunque eso implique una despedida que no siempre podemos asimilar y que nos cuesta trabajo aceptar.

Cuando alguien muere, significa que no volveremos a ver a esa persona, ya no podremos oír su voz ni tampoco abrazarla. Nuestra forma de comunicarnos con ella cambia y nuestras conversaciones son una especie de monólogos cuya respuesta esperamos percibir de una u otra manera. La persona ya está en paz, pero nosotros nos quedamos con el peso de su ausencia. Nos llenamos de preguntas. ¿Cómo seguir adelante sin esa persona? ¿Cómo pensar en seguir viviendo cuando estamos tan llenos de dolor? La mayor parte de las veces, el camino no es claro y la oscuridad parece invadirnos. Para cada persona esta vivencia es diferente. El tiempo que toma encontrar la salida, levantarse, no es igual para nadie.  Lo que sí es importante para todos, es la actitud de las personas que nos rodean, la tolerancia, el apoyo, el no estar solos, al menos no la mayor parte del tiempo (pues también es necesario tener momentos de soledad para sanar). Lo que me inquieta acerca de este tema es el papel que jugamos los demás en el duelo de esa persona.

Hay quienes experimentan una gran soledad al comenzar su duelo pues después del funeral, se acaban las llamadas y las visitas; llegan a una casa que ya les parece demasiado grande, silenciosa y llena de recuerdos. Por otro lado, también se sienten presionadas pues los demás, en su afán de ayudar, siempre tienen palabras como “ya no llores”, ” a él/ella no le gustaría verte así/ no le gustaría que sufrieras tanto”, “todo va a estar bien”, ” ya sonríe”. Hay quienes se desesperan porque a los pocos meses del doloroso acontecimiento la persona sigue sufriendo, está de mal humor, no tiene ganas de convivir con nadie. Yo me pregunto, si estuviera en su lugar, ¿me bastarían un par de meses para sonreír de nuevo? ¿Me servirían de algo esas palabras de aliento?  Debo confesar que la respuesta es no, definitivamente no.

La realidad es que si  alguien a quien amamos muere,  necesitamos llorar, llorar a mares, llorar para liberar el dolor, llorar para desahogarnos, llorar para sentir algo, llorar para poder sanar. El llanto nos impide quedarnos con todo el dolor adentro y nos da un poco de alivio. En esos momentos, las palabras sobran, lo que más hace falta es un abrazo, alguien con quien poder llorar con libertad sin necesidad de explicaciones.  Sí, quizá, eso es lo que haría falta decirle a la persona: ” Puedes llorar conmigo, aquí estoy, no estás solo/a”.   Quizá deberíamos eliminar  las palabras de aliento, la típica frase de “todo va a estar bien”.  No,nada está bien y pasará un tiempo antes de que vuelva a estarlo. Comprender es mejor que intentar animar.  ¿Cómo dar una palabra de aliento cuando yo misma pienso que es terriblemente doloroso?

Por supuesto, el dolor no pasa después del funeral. De hecho, toma semanas, a veces meses, asimilar que la persona ya no está. Cuando eso sucede, el sufrimiento puede ser mayor, mucho mayor al del día del funeral.   Muchas veces los amigos o familiares se desesperan. Presionan a la persona por lo que ella llega a sentir la necesidad de aislarse, de vivir su dolor en soledad para no incomodar a los demás, no “molestar” con su mal humor, no decepcionar a nadie por no poder sonreír todavía.

¿Por qué? ¿Por qué cómo sociedad le exigimos tanto a las personas en duelo?

En los momentos difíciles, esa persona necesita que seamos pacientes y tolerantes con ella, quizá necesite también un abrazo, que estemos con ella sin expectativas, que seamos una mano amiga,  alguien con quien sienta libertad para expresarse.

El proceso normal de duelo puede durar desde 6 meses hasta casi 3 años, aproximadamente. Sí, puede llegar a tomar casi tres años recuperarse.  Para cada persona es diferente el proceso para sanar,  reintegrarse a la vida, aprender a vivir con el dolor de esa ausencia y encontrar la felicidad de nuevo.

El duelo es un poco más llevadero si la persona puede  llorar, enojarse, sufrir sin sentirse juzgada ni presionada. Necesitamos hablar del tema sin miedo ni tabúes. Para soltar, aceptar la muerte y encontrar la paz de nuevo se requiere de mucha voluntad y  valor. Es más posible lograrlo acompañados que solos.

No siempre comprendemos ni sabemos qué están viviendo las personas que nos rodean; muchas veces no tenemos las palabras adecuadas; otras, nuestras ideas difieren; pero si usamos nuestra empatía, es decir, si nos ponemos en los zapatos del otro en lugar de juzgarlo o de imponer nuestro punto de vista, ayudaríamos más.

He visto mucho sufrimiento y me siento impotente para ayudar. Cuando pienso en las personas que he conocido y en su dolor, no puedo quedarme cruzada de brazos pero no siempre sé qué hacer.  Muchas veces me he quedado callada por miedo a ser imprudente, por miedo a dañar en lugar de ayudar. No me nace decir “todo estará bien”. Esas palabras no salen de mi boca en esas situaciones. Lo que necesito decir es: “lo que sucedió es terrible, no soy capaz de imaginar lo que estás sintiendo, si necesitas llorar, llora; si necesitas gritar, grita; aquí estoy para compartir contigo y abrazarte siempre que lo necesites; no estás sola/o; no tienes poner buena cara conmigo ni decirme que todo está bien; estoy consciente de que pasará mucho tiempo antes de que vuelvas a sentirte bien y te acompañaré en el camino.”

Por último, debo decir que siempre hay esperanza y el sol, eventualmente, vuelve a salir en nuestras vidas. Como ejemplo, conozco a una persona a la que admiro mucho y quien, desde la primera vez que la vi, me dejó un enorme aprendizaje.

Hace casi diez años,  una amiga muy querida me invitó a la presentación del libro de su tía.  Siempre me ha encantado leer y me emociona ir a las presentaciones de libros.  Mi amiga me aclaró que no se trataba de una novela. Su tía perdió a dos hijos en un accidente. Escribió para sanar y  en su libro nos comparte el  camino que recorrió para poder encontrar la felicidad de nuevo. Yo creía que iría a una presentación en la cual todos acabaríamos llorando o por lo menos con el corazón hecho nudos pues no me podía imaginar que alguien pudiera ser feliz después de semejante experiencia.  No podría haber estado más equivocada. Yoli, así se llama la tía de mi amiga, es una mujer fuerte, sonriente, llena de entusiasmo y muy agradecida con la vida. Habló de sus hijos con un inmenso amor y celebrando su vida. No derramó ni una lágrima, no sé quejó y  se refirió a  sus hijos  como sus grandes maestros.

Ver a una persona tan feliz después de aquel accidente, cambió mi perspectiva de la vida. Cada vez que hablo con ella, me transmite paz y armonía. Me demostró que sí se puede salir adelante, que  se puede volver a sonreír, cada quien a su tiempo.  Aunque la veo poco, sigo en contacto con ella y es una de las personas que más admiro y  a quién puedo recurrir cuando no me siento fuerte. Ella creó la Comunidad de Apoyo de Cristal y de Roca para ayudar a las personas a  superar el duelo; comparte su aprendizaje con ellas, a eso dedica su vida (https://www.facebook.com/pages/COMUNIDAD-DE-APOYO-DE-CRISTAL-Y-DE-ROCA/149841288415731?sk=info&tab=overview).

Estoy convencida  de que con fuerza de voluntad y una red de apoyo de personas dispuestas a dar lo mejor de sí mismas, los seres humanos podemos sobrevivir a casi cualquier tormenta y encontrar la luz de nuevo. También creo que el amor de las personas que se han ido, se queda con nosotros, nos fortalece, nos abraza.

Y hoy, casi a un año de tu muerte, celebro tu vida, Alex; agradezco todo el amor que nos diste y espero poder ayudar a los que me rodean como lo hiciste tú, sin quejas y sonriendo, dando siempre lo mejor de mí.

florblanca

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~ by Naraluna on January 27, 2015.

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