Por lo general, para viajar, hay que sacudirse el miedo a volar.

Me encanta viajar pero me dan miedo los aviones, hermosa paradoja que experimentamos varias personas.

Tenía nueve años cuando salí del país por primera vez. Me dirigía a Dallas Forth Worth donde pasaría unas semanas con unos amigos de mi papá quienes tenían una hija de mi edad: Kate.  Viajé sola.  Por fin se cumplía mi sueño de ese entonces: ir a Estados Unidos. No recuerdo si tuve miedo esa vez. El sentimiento que permanece es la emoción del viaje y los nervios de llegar con personas para mí desconocidas, de quienes sólo sabía algunas anécdotas que me contó mi papá.

La segunda vez, tenía once años y fui a visitar a mi tío en Bélgica; también viajé sola. Esa vez sí temblaba de miedo. Desde el aeropuerto no quería separarme de mis padres. Me subí al avión con un nudo en la garganta. Me torturaba la idea de que el avión se estrellara y no volviera a verlos.  No recuerdo si fue en el viaje de ida o de regreso cuando coincidí con un sacerdote a quien le tocó sentarse cerca de mí.  Con toda la inocencia e ingenuidad posible de mis once años, su presencia me dio mucha tranquilidad, me dio la certeza de que llegaría bien a mi destino porque Dios nos acompañaba, estaba ahí con el sacerdote.

Debido a motivos económicos, no me ha sido posible viajar seguido; sin embargo, hacerlo es una de mis grandes pasiones.   Esas intensas ganas de viajar, esa oportunidad de visitar un lugar increíble, me ayudan a enfrentar el reto de subirme a un avión.  Además de  mi ya mencionado miedo a los aviones, tampoco me es fácil hacer la maleta. Odio empacar; siempre me quedo con la sensación de que estoy olvidando algo.  Por lo tanto, al momento de prepararme para un viaje, necesito armarme de valor por un lado, y superar mi desagrado a empacar por el otro.

Es más sencillo sobrellevar un vuelo tranquilo porque cuando hay turbulencia además del temor, me invaden las náuseas y mi mente inventa historias que terminan en tragedia. Si me toca sentarme cerca del ala, me estresan las luces intermitentes; si no me toca la ventana siento que me ahogo; si necesito ir al baño me mortifica decirles “compermiso” a los otros pasajeros.  Me es indispensable concentrarme en mi destino para calmarme, para poder tener un buen viaje. Me resulta imposible sobrevivir en un avión sin un buen libro que leer, mi cuaderno y mis plumas. El movimiento de mi mano en armonía con el papel me da mucho alivio.

Por eso, al escuchar que se prohibirían las plumas en el avión en el área de pasajeros en el 2006 después de un atentado frustrado  en el aeropuerto del cual saldría mi vuelo de regreso a casa, entré en pánico; sentí que me faltaba el aire. Se trataba de un vuelo largo y no me imaginaba cómo sobrellevarlo. Consideré la opción de cambiar mi fecha de regreso hasta que las cosas se calmaran, pero, ¿y si eso no sucedía?  Afortunadamente no tuve que responder esa pregunta: sí hubo muchas reglas nuevas pero prohibir las plumas no fue una de ellas.  El único “problema” fue la  la incómoda, exhaustiva y pesada revisión que nos tuvo a los pasajeros de pie esperando cerca de 40 minutos en la fila justo antes de abordar el avión.

Los momentos en los cuales logro sacudirme el miedo, me relaja la sensación de volar, de saberme suspendida en el tiempo en un lugar donde todo parece detenerse: aunque vamos a velocidad el movimiento es apenas perceptible.

Después de casi diez años volveré a hacer un viaje fuera de mi país. Una vez más, a pesar de los planes originales, me tocará hacerlo sola. Visitaré un lugar al cual nunca he ido y pasaré esos días con  un amigo quien, para mí, es mi hermano. No lo  he visto en casi dos años. Estaré con él en el día de su boda y tengo el increíble honor de ser dama (bridesmaid) en ese gran evento.  Estoy feliz, emocionada y nerviosa.

Es la primera vez en 38 años que hago mi maleta con una cierta anticipación.  A pesar de tener un enorme hoyo en el estómago, no estoy estresada.   Esta vez no pasaré la noche ni la madrugada ansiosa y desesperada por tener todo listo. Por razones de espacio, esta vez no llevaré libros impresos: llevaré un  lector electrónico.  Confiar en la tecnología también me pone muy nerviosa, pero sé que todo se acomodará bien.

Pronto dejaré de tener los pies en la tierra y estaré más cerca de las nubes. Mientras ese momento llega, estoy tan feliz como nerviosa. Repaso la lista de cosas que ya empaqué y me aseguro de no olvidar nada.

Ya quiero y no quiero estar en el avión. Siempre me invaden estos sentimientos encontrados. He aprendido a controlar mi miedo pero no logro dejar de sentirlo.  Ya no pensaré más en eso. Me concentraré en el viaje que se aproxima, en mi amigo que me espera, en la gran boda.

Ya tengo mis libros, mi cuaderno, mis plumas, mi cámara; ya estoy casi lista para para disfrutar intensamente esta gran oportunidad. Lo único que lamento es que en esta ocasión mi familia no podrá acompañarme.

Viaje :)

Viaje 🙂

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~ by Naraluna on July 21, 2015.

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