Felicidad, incidente, indiferencia y aprendizaje.

Parecería que cuando tenemos las emociones a flor de piel nos resulta más fácil expresarnos, pero no siempre es así.  Algunos días me siento llena de palabras pero soy cobarde para escribirlas; otros días me siento intimidada por ellas.  Este es mi segundo intento para escribir en este blog y no puedo evitar preguntarme hacía dónde me llevará la pluma.

En estos días he pasado de la felicidad al enojo, a la tristeza, a la calma, de la incertidumbre al agradecimiento. Una vez más me ha tocado redescubrir el camino y seguir aprendiendo de maneras inesperadas.

La historia que contaré hoy comienza con una velada muy feliz el primer martes de noviembre, momento en el que mis compañeros del taller de poesía y yo participamos en un recital en lugar muy acogedor llamado la Taza de los Sueños.  Fue la primera vez en casi veinte años en la que recité mi poesía. Creí que me pondría muy nerviosa, que me aterraría mostrarme a los demás, que dentro de mí habría un largo terremoto, pero nada de eso sucedió.  Cuando llegó mi turno, me sentí libre, cómoda, emocionada y ansiosa por compartir mis poemas. Mientras leía sentí como se iban deshaciendo mis nudos, como mi voz fluía con el viento, como me iba conectando con esa voz interior que antes tanto me esforzaba en esconder. En ese instante para mí sólo existía la vida que la poesía me daba. Pues la poesía es el océano donde navego en libertad, mi refugio, el lugar donde me renuevo y rejuvenezco. En ese momento tuve la certeza de que seguiría haciendo eso por el resto de mi vida.

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Llena de poesía. Feliz.

 

Esa noche murió mi yo tímido, avergonzado, mi yo prisionero por la falta de autoestima y pude resurgir de esas cenizas como lo hizo el Fénix. Ahora soy más valiente: avanzo sin esconderme, sin miedo. Me sacudo el polvo y camino sin agacharme.

Esa noche abracé mis palabras y agradecí la oportunidad de compartirlas con mis compañeros, este equipo excepcional de poetas de quienes aprendo mucho cada semana, con mis familia, con mis amigos y con todas las personas que nos apoyaron, que nos brindaron su compañía y nos escucharon con atención.

Tampoco se me olvida la sonrisa de  mi madre en ese momento, la primera en semanas, que llegó como una luz deslumbrante que dejaba atrás las incesantes tormentas de los últimos meses.

Me dormí en armonía, en paz, llena de anhelos. Desperté siendo sol y sintiendo la vida moverse en mi cuerpo. Pasé la mañana trabajando tranquila y  disfruté la comida en compañía de una de mis hermosas adolescentes.

Una sonrisa y después con el sonido del teléfono, la felicidad se pausó, tomó sólo un instante para que todo cambiara y nos hiciéramos muy conscientes de nuestra fragilidad; esa fragilidad del ser humano que tanto me asusta  a veces.

Así la vida, para enseñarnos, nos llevó por caminos insondables. Hay momentos en los que nos toca aprender de la manera más extraña y no siempre la más deseable.  En este proceso de aprendizaje, algunas veces nuestra sonrisa se congela y  el corazón se rompe, para recomponerse después si le damos la oportunidad de hacerlo.

En el supermercado mi mamá tuvo un accidente y se lastimó la rodilla. Es una persona muy fuerte y me asusté cuando escuché el dolor en su voz. Sobra decir que después de escucharla, me dirigí a su casa para ver cómo estaba y hacerle compañía.

Me causó mucho conflicto lo sucedido pues una señora, por accidente, golpeó a mi mamá con la canastilla (de las que tienen rueditas) del supermercado por lo que mi mamá perdió el equilibrio y cayó al suelo quedando la canastilla entre sus piernas.  La señora jaló con fuerza la canastilla, lo que lastimó más la rodilla de mi mamá y siguió su camino sin mirar atrás. No se detuvo para ayudar a mi mamá, no le interesó saber cómo estaba; por el contrario, sólo tenía prisa por huir de la escena y seguir con sus compras como si nada hubiera sucedido.

Los accidentes suceden, no somos perfectos, pero actuar con indiferencia y no responsabilizarnos por nuestras acciones me parece inaceptable. Me hizo enojar mucho esa situación. ¿Cómo es posible que haya personas tan indiferentes al sufrimiento del prójimo y, peor aún, si es el sufrimiento que ellas causaron?  Esa gran indiferencia fue motivo de grandes crisis existenciales y también depresiones en mi adolescencia y en el comienzo de mi edad adulta.  Ese día, nuevamente, me sentí en crisis.

Nunca he entendido ni entenderé porqué el ser humano puede ser tan ajeno al dolor del prójimo. El ser humano tiende a sentirse superior no sólo a las demás especies sino también superior a los demás seres humanos.  Como si fuera el non plus ultra del planeta, como si fuera dueño de todo y todos los que le rodean.  Esta idea de superioridad, este estado de gran inconsciencia, lo lleva a destruir lo que lo rodea y a convertirse en el enemigo de la naturaleza y de los demás seres vivos, incluyendo a los de su propia especie.

Una vez más me rompió el corazón la crueldad de la que somos capaces los seres humanos. Me sentí impotente ante el egoísmo e indiferencia con el cual tanta veces me he estrellado en la vida y más allá de eso, a causa del cual tanta gente inocente sufre y/o muere todos los días. En este caso mi mamá sufrió esa indiferencia y, claro, también egoísmo.  ¿Cómo pudo esa señora dejar a alguien tirado en el piso, con dolor, y seguir su camino como si nada hubiera sucedido?   Confieso que ese día, una vez más, sucumbí al dolor que me provoca tanta crueldad.

Nos quejamos de la violencia, del mal gobierno, de los crímenes, de tantas cosas terribles que suceden en nuestra ciudad pero, me pregunto, ¿qué hacemos nosotros para marcar la diferencia? ¿Qué hacemos nosotros para vivir en un lugar mejor? ¿Qué sucede cuando ignoramos el sufrimiento, el malestar del prójimo y sólo cuenta nuestra vida, nuestro sentir, nuestro malestar, nuestra  queja? ¿A dónde nos lleva ese egocentrismo, ese egoísmo?  ¿Dónde dejamos la empatía y la solidaridad? ¿Cómo podemos hablar de paz mundial si no pensamos más que en nuestro propio bienestar?

Me pregunto cómo habría reaccionado la señora (y también su familia) si ella hubiera sido quien recibiera el golpe y también la indiferencia. Exigimos que nos tomen en cuenta y nos consideren, que se nos respete y que nos traten bien. ¿Y nosotros hacemos eso con los demás?  ¿Nosotros damos lo mismo que exigimos?  Me resulta inaceptable exigir para mí lo que no doy a los demás, lo que no estoy dispuesta a darles. No puedo esperar empatía de los demás si yo no soy empática con ellos.

Me vinieron a la mente aquellas personas que disfrutan burlarse de los demás, que pistan autoestimas y destruyen sueños sin siquiera enterarse; también pensé en las personas que golpean y torturan a otras sin remordimientos ni culpa;  en todas las personas que no hacen nada ante el dolor ajeno pero exigen casi con violencia que los demás muevan cielo, mar y tierra cuando son ellos los que están pasando por un momento difícil, cuando son ellos quienes necesitan ayuda.

En días como ese miércoles me agobia, me pesa, me desmotiva tanta indiferencia. Es imposible ser solidarios y unirnos para luchar juntos por el bienestar de todos,  por el bienestar de nuestro país, si no nos importa lo que le suceda al prójimo.

Por un instante deseé encontrarme con esa señora y “tener la oportunidad” de ponerla en su lugar (como si yo fuera juez, como si fuera mi papel hacerlo). En realidad quería deshacerme de mi enojo. Afortunadamente tenía bien claro que eso no serviría de nada. Mientras caminaba a casa de mi mamá trabajé en calmarme.  Los sentimientos negativos no cambiarían nada y sí podrían empeorar las cosas.  Así que llegué a una conclusión muy difícil pero sanadora. Respiré profundamente y perdoné a la señora. No le deseo ningún mal; por el contrario, pedí porque tuviera conciencia de sus actos para que no vuelva a dañar a nadie, para que no siga contribuyendo a llenar el mundo de indiferencia.  Me concentré en transformar mis sentimientos negativos en luz y puedo asegurar que no fue nada sencillo, pero sólo así logré la paz que necesitaba para poder apoyar a mi mamá.

La indiferencia mata, abre puertas a grandes tragedias, aumenta en grandes proporciones el sufrimiento de la humanidad. La indiferencia permite las terribles atrocidades que han sucedido en el pasado y que siguen sucediendo hoy en día. La indiferencia va de la mano con la impunidad y el abuso.  Desde los detalles que en apariencia son insignificantes hasta los más aterradores.  La indiferencia nos permite mirar hacia otro lado, quedarnos de brazos cruzados mientras el sufrimiento no nos involucre a nosotros.

Este accidente revivió en mí las épocas de mi adolescencia en las que mi fe en la humanidad desaparecía. Me parecía insoportable la vida rodeada de tanta crueldad. Sin embargo con el paso del tiempo, también he aprendido que no todos los seres humanos somos así y somos muchos quienes estamos luchando por marcar la diferencia, por el bienestar común, por la felicidad no sólo nuestra sino también la de quienes nos rodean.  Me ayudó y me dio esperanza pensar en la gran cantidad de personas extraordinarias que he conocido, esas personas que día a día iluminan al mundo con su luz, esas personas que con su amor y solidaridad, su empatía me han devuelto la fe en la humanidad.  Es importante decir que en el supermercado varias personas se acercaron a mi madre y ofrecieron su ayuda. Fueron atentas, solidarias, amables y le dieron el apoyo que necesitaba en ese momento.  No, no todos somos indiferentes. Hoy doy gracias por todas las personas empáticas, solidarias y preocupadas por el bienestar de los demás y no solamente por el propio. Doy gracias por todas esas personas que saben que la mejor manera de lograr los sueños y la felicidad propia es trabajando por el bienestar común.

Una vez más me prometo a mí misma que no seré parte de la indiferencia que se ha apoderado de tantas personas.  Me niego a reírme de los demás, a ver su sufrimiento y desviar la mirada como si nada pasara.  Me niego a huir de mis responsabilidades y de las consecuencias de mis acciones, me niego a vivir egoístamente, sin empatía ni calidad humana.  Estoy convencida de que el amor es más fuerte que la indiferencia y yo elijo vivir en amor.

El incidente en el supermercado me dio una buena sacudida. Después de haber encontrado la calma, me invadió el miedo que siempre me ha dado nuestra fragilidad y me dieron unas inmensas ganas de llorar.  El día anterior me había sentido en las nubes, llena de poesía y emocionada, ahora estaba asustada, preocupada, nerviosa. Tenía los miedos adheridos en la piel y me costaba trabajo respirar.  Abracé a mi mamá cuando llegué con ella y me impactó su rodilla tan inflamada. Nos hicimos compañía e hice lo posible por hacerla sentir mejor. Apenas llegó mi hermano, la llevamos al doctor.

Es paradójico como quien da alivio, a la vez, da tanto miedo.  A pesar de las experiencias tan positivas que he tenido con los doctores, siempre tiemblo cuando estoy frente a uno.  Mi mamá me agarraba la mano con fuerza, nunca la había visto tan nerviosa. El doctor nos hizo reír y nos dio las indicaciones necesarias. Aunque era muy posible que una operación fuera necesaria, tampoco era un hecho.

Esa noche me fue difícil dormir. Me hacían compañía mis miedos y las lágrimas de mi madre. Sentí cansancio y dolor.  Fue un día de sentimientos encontrados, mucha preocupación y de verme frente a frente con mis miedos.

Al día siguiente, a pesar de mis reflexiones del día anterior, todavía me afectaba la indiferencia y crueldad. Nuestro miedo (el de mi madre y el mío) a la posibilidad de una operación de rodilla se me estaba saliendo de control.  Me puse a trabajar y después estuve cerca de tener un ataque de pánico, estaba perdiendo el control de mis emociones y no podía escaparme de nuestra fragilidad como seres humanos, esa asombrosa fragilidad que muchas veces me ha llevado a sentirme más pequeña e indefensa que una hormiga. Después de muchos meses sin hacerlo, ese día me obligué a meditar  para sacudirme los sentimientos negativos, para salir de este estado de pánico, para encontrar, de nuevo, el camino de regreso al amor, a la armonía, al equilibrio. Respiré profundamente y medité por casi una hora.  Me atreví a soltar mis miedos y, sobre todo, a confiar en el amor, en la naturaleza, en mí.  Me relajé tanto que casi me quedo dormida. En esa profunda relajación comencé a sentirme fuerte y animada.

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Esa tarde la pasé con mi mamá. A diferencia del día anterior, ambas estuvimos riendo y disfrutando nuestra compañía. Mi mamá también estaba sanando y tenía la firme determinación de recuperarse.  Nuestra segunda visita con el doctor fue más alentadora que la primera, los resultados de los estudios nos trajeron buenas noticias y  sentí ganas de brincar por lo emocionada que estaba. Pasé nuevamente la tarde con ella. Me sentí tan ligera como agradecida.

En los días siguientes, mi mamá estuvo más animada, alegre y sonriente de lo que había estado en los días anteriores al accidente. Aprendimos y seguimos aprendiendo de lo sucedido.  Cuando recibí la noticia mi primera reacción fue enojarme, quejarme, dejarme llevar por el malestar. Después,  me pregunté  qué necesitábamos aprender de esta experiencia. A mi mamá le sirvió para mirar a su alrededor y encontrar nuevamente motivos para sonreír, para encontrar el lado amable de la vida, para salir del complicado ciclo de ánimo difícil en el que había estado girando. A mí, esto me recordó que no debo permitir que mis miedos me dominen y que no voy a perder mi fe en la humanidad por las personas indiferentes y/o crueles. Hay muchas personas que día a día me dan motivos para tener fe, para sonreír, para vivir.  Esta situación desagradable, confusa y dolorosa también me ha regalado más tardes con mi madre, más tiempo para platicar con ella, para ver la televisión juntas y reír, más tiempo para valorar nuestra mutua compañía y más oportunidad para convivir como ya habíamos dejado de hacerlo.  Además me sacudí la apatía y, por fin, estoy meditando con constancia.

No pierdo la fe en la humanidad, confío en que cada vez seamos más los que vivamos amando al prójimo y que cada vez sean menos quienes lo miran con indiferencia.

 

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~ by Naraluna on November 18, 2015.

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