Domingo en Viveros

Hoy es una mañana nublada y fresca. Me despierto con ganas de ponerme los tenis; tengo los pies inquietos y también el cuerpo ansioso. ¡Quiero ir a los Viveros!  Despierto a mi marido y le pregunto si quiere acompañarme. Asiente. Nos levantamos y unos minutos más tarde salimos de la casa. Estoy tan emocionada que se me olvida desayunar algo.

En los Viveros estiro los brazos y las piernas. Caliento unos minutos. Cuando termino, pongo la radio en mi celular y activo la aplicación que mide los kilómetros que avanzo. Estoy lista. Ni siquiera la colitis del día anterior puede detenerme. Respiro despacio, mis pulmones se inflan y desinflan alegremente: estoy sana, estoy fuerte, estoy aquí.

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Viveros, Coyoacán.

En estos dos meses sólo he corrido en la caminadora y esta vez, por fin, lo haré al aire libre.  Estoy lista. Cuento hasta tres y empiezo a moverme con el viento. La música me motiva y empiezo a adquirir velocidad. Me siento un poco tiesa, pero no me detengo. Veo a dos corredores avanzando a buen ritmo, me preparo para alcanzarlos. Son mejores que yo. Ir a su paso me ayuda a adquirir velocidad. Aprendo de ellos. Voy a su lado y me esfuerzo para no quedarme atrás.

Corro.

Me desconecto de mis preocupaciones y miedos. Me concentro en mis piernas, en mi abdomen, en mantener la boca cerrada y respirar bien. El viento se filtra en mi nariz y todo se vuelve fresco. A mi alrededor hay árboles y a veces ardillas. Me siento una con la naturaleza. Me siento libre.

Corro.

Me acerco al segundo kilómetro. Todavía voy al ritmo de los dos corredores. El sudor empieza a enfriarme la espalda y a salpicarme los ojos. Hace veinte años no podía correr ni siquiera 200 metros. Un intenso dolor de caballo me inmovilizaba cada vez que lo intentaba. Me sentía pesada e incapaz de superar mis bloqueos. Después me operaron de la espalda y me prohibieron correr.  Perdí el interés por un tiempo; sin embargo, aquí estoy, invadida por la energía que no tuve en ese entonces, con el objetivo de correr medio maratón este año. No tengo dolor de caballo  ni tampoco de espalda. Mi cuerpo avanza en armonía con la naturaleza.

Corro.

Mi voluntad es firme. Me acerco a los tres kilómetros. El sol comienza a asomarse. Estoy empapada en sudor pero viva. Mis rodillas no se quejan. La música me anima. Sueño con las carreras que quiero realizar. En ese medio maratón que me está esperando. Muevo mis pies, acelero un poco. Tengo la garganta seca. Dejé mi agua al principio del camino. No puedo pensar en ella ahora. Me acuerdo que debo respirar con la boca cerrada.

Corro.

Me acerco al cuarto kilómetro. Necesito bajar la velocidad para recuperarme un poco. Dejo ir a los corredores que me han servido de ejemplo esta mañana. Recupero el aliento. Mi abdomen sigue resentido por la comida grasosa de ayer. Mi voluntad flaquea unos instantes. Me distraigo y mi mente quiere detenerse. Mis pies siguen avanzando y yo pienso en la meta. Me prometí correr por lo menos seis kilómetros hoy. Ya tengo la cara colorada.  No puedo pensar en eso. Puedo lograr lo que me propongo. Me concentro en mis piernas y abdomen. Alejo las dudas y me visualizo en la meta.  Recuerdo el artículo que leí hace unos días sobre el Maratón de Praga. No tengo pensado correr un maratón, pero lo haría sólo por tener la oportunidad de correr por la calles de Praga, mi amada Praga. Esa imagen me levanta el ánimo. Encuentro a otro corredor y prometo seguirlo hasta que mi cuerpo aguante.

Corro.

El corredor aumenta la velocidad y yo le sigo el paso. Es una mañana llena de luz y muy fresca. Mi estómago empieza a quejarse. ¡Qué ocurrencia la mía correr en ayunas! Suelo comerme un plátano antes de hacer ejercicio pero hoy se me olvidó. Sigo corriendo. Todavía no llego al límite, todavía puedo seguir, todavía tengo fuerza para hacerlo. El corredor marca el ritmo y yo lo sigo.

Corro.

Me faltan doscientos metros para llegar a los seis kilómetros. No puedo detenerme. Me pregunto si estoy loca. Son los doscientos metros más largos de mi recorrido. Me parecen eternos pero sigo en pie. ¡Seis kilómetros por fin! He llegado a la meta que me impuse. ¡Lo logré! Me tiemblan las piernas. Me duele el estómago. Me mareo un poco. Camino despacio. Me comprometo a no correr en ayunas y a poner más atención en lo que como. Para mejorar mi condición debo mejorar mis hábitos alimenticios. Le agradezco a mi cuerpo por haber llegado a la meta. Mi espalda y mis rodillas están bien. Sonrío a pesar de la taquicardia. Sigo caminando para relajarme, para estar bien. Estoy en armonía conmigo misma y con mi entorno. Estoy más colorada que nunca pero también más viva.

Una vez que recupero el aliento, tomo fotos al paisaje y absorbo su belleza. Hace calor, pero cada  vez que mi playera húmeda toca mi espalda, me da frío. Después de caminar dos kilómetros, llego al lugar donde dejé mi agua y la tomo despacio. Me reanima.  Hago mis estiramientos. Después me siento unos minutos para terminar de recuperarme. Ahora sí ya estoy lista para regresar a casa y disfrutar el día. Antes necesito urgentemente desayunar.

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Viveros, Coyoacán

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Viveros, Coyoacán

Tengo ganas de bailar. Tengo ganas de reír. Tengo ganas de celebrar. Pero, por sobre todas las cosas, tengo ganas de vivir.

 

 

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~ by Naraluna on February 29, 2016.

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