Porqué no me gustaba usar faldas

En diciembre empecé a escribir un blog sobre este tema pero no tuve el valor de terminarlo.  Desde hace un par de semanas, algunas amigas en Facebook han publicado testimonios con respecto a situaciones de acoso y abuso que han vivido. Me quedé pasmada y con el corazón hecho nudos. Se trataba de mujeres con quienes tengo algo en común: estudiamos en la misma escuela/universidad, compartimos un café, platicamos en alguna fiesta,  en fin.  Si me hubiera sido posible, habría corrido a abrazarlas. Admiro su valor para romper el silencio y publicar su historia tan dolorosa.  Platicando con amigas al respecto de este tema, me enteré de otras experiencias también traumáticas. Me quedé helada. Ahora tengo muy claro que yo tampoco quiero quedarme callada.  Quiero poner mi granito de arena para romper el silencio que nos rodea a muchas mujeres y a muchas personas que han vivido situaciones de acoso y de abuso y que se han obligado a superarlo en silencio ya sea por miedo o por cargar una culpa que no les corresponde.

Comenzaré por contar la experiencia que me llevó a escribir sobre este tema en diciembre. Estaba yo trabajando en una traducción cuando llegó una de mis hermosas adolescentes a la casa después de un pesado viaje en metro en una hora pico. Me preocupé pues llegó muy alterada y también enojada.  Antes de continuar, debo comentar que esa mañana ella, su hermana y mi marido habían ido a la embajada a tramitar la visa, por lo que iban los tres muy bien arreglados.  Una de ellas llevaba una falda de vestir; la otra, un vestido. Esto debería ser irrelevante y ni siquiera tendría que mencionarlo, pero, desafortunada y tristemente, en nuestra sociedad,  sí lo es.

Cuando le pregunté a mi amada adolescente qué había sucedido, empezó a llorar. En ese metro saturado de personas, un hombre la manoseó sin inhibiciones ni tampoco vergüenza. Logró cambiarse de lugar sólo para que otro hombre hiciera lo mismo. Entre el miedo, la angustia, la vergüenza y la sorpresa, se quedó callada. Nadie se percató de lo que le estaba sucediendo.  Lloró desesperada y me dijo: “sólo tengo quince años”.   La abracé mientras me esforzaba en contener mi enojo e impotencia. ¿Cómo es posible que le hicieran eso?  Seguí abrazándola mientras intentaba calmarse.

Como la mayoría de las mujeres, se quedó callada. La vergüenza y el miedo le impidieron defenderse. Quizá eso es lo que hemos aprendido en esta sociedad: a avergonzarnos, a callar,  a actuar como si hubiera sido nuestra culpa, como si nos  lo mereciéramos por nuestra manera de vestir o por estar en el lugar inadecuado en el momento equivocado. Nos callamos porque hablar o gritar significa un problema, porque seremos juzgadas,  porque además quizá tengamos que defendernos de quienes nos consideren exageradas, porque nos rodearán comentarios del estilo de “qué esperabas con esa falda”.  Falda, vestido, pantalón, bermudas, lo que fuera. Ningún tipo de ropa justifica el acoso, el abuso, la agresión. ¡Ninguno!

En este instante de impotencia y dolor me vinieron a la mente mis experiencias y la de otras mujeres cercanas a mí.  Esas experiencias terribles pero que muchas veces hemos llegado al punto de considerar normales, cuando distan mucho de serlo.  Y no importa el tiempo que pase, ni que tan “leves” sean, no se desvanecen de nuestra memoria.

Estas situaciones no suceden solamente en el metro ni tampoco sólo a quienes lleven falda o vestido puesto. Hasta hace unos años, la mayor parte de mi vida había evitado ponerme faldas y vestidos (a menos que fueran faldas largas, muy largas).  Me sentía más cómoda de jeans, pero no era sólo eso:  usarlas me hacía sentir insegura y vulnerable, temerosa de salir a la calle. Al vestirme, mi objetivo principal era esconder mi cuerpo, esconderlo bien. Sin embargo, ni los pantalones de hombre ni las playeras o camisas extra grandes y extra holgadas me salvaron de tener experiencias desagradables.

La primera vez que me pasó tenía diez años. Fue el día del grito de la Independencia. Mi mamá, mis hermanos, una amiga de mi mamá, sus hijos y yo fuimos a celebrar a Coyoacán. Como es costumbre en esa fecha, había mucha gente. Íbamos caminando cuando de repente un tipo me dio una nalgada bien fuerte. No entendí qué pasaba, no supe cómo reaccionar.  Me sentí mal, avergonzada y asustada. Seguí caminando como si nada hubiera pasado y deseando que nadie se diera cuenta.  La amiga de mi mamá lo vio todo y, para mi sorpresa, persiguió al tipo y lo puso en su lugar. Nunca se me olvidó ese detalle de su parte. Hoy sigo agradecida con ella por ese gesto, por su ayuda. Si ya era tímida, en ese momento me puse peor. Ese fue mi primer acoso, mi primer evento desagradable y quisiera decir que también el último, pero no fue así.

Siempre me ha gustado caminar y en la adolescencia solía hacerlo de mi casa a Coyoacán y de regreso. Disfrutaba mucho de mis paseos hasta que me encontré a un hombre mucho mayor que yo. Tenía sesenta y tantos años, yo tenía sólo catorce. Me empezó a hablar y no logré escabullirme. Comenzó a contarme que su esposa no satisfacía sus necesidades sexuales y que le hacía falta una mujer joven que lo ayudara. Recuerdo que sentí asco, miedo y urgencia por salir corriendo, por no verlo nunca más. No sé cómo logré alejarme y regresar a casa. Se cruzó en mi camino las siguientes veces que salí a caminar hasta que dejé de hacerlo por un tiempo. Nunca se lo dije a nadie, sólo quería olvidar su cara, su sonrisa libidinosa. Lo más terrible, es que todavía la recuerdo.

A los quince una amiga me invitó a la fiesta de la prepa de su prima, nosotras todavía estábamos en secundaria. Una vez ahí, ella nos presentó a sus amigos y nos sentamos todos en una mesa. El cuate que se sentó a mi lado empezó a acercarse de una forma muy “cariñosa” e intentó besarme a la fuerza. Logré quitármelo de encima y evitar que lo hiciera. Se ofendió. No pude moverme de ese lugar porque para poder hacerlo, él tenía que quitarse y no lo hacía. Tuve que alzar la voz para que me dejara salir. Todos en la mesa me vieron feo, me dijeron exagerada, dejaron de hablarme. Defenderme en ese momento me costó una amiga, aunque después comprendí que si hubiera sido mi amiga, me habría ayudado.

La peor experiencia la tuve a los dieciocho años, un día, en la estación del metro. Había tanta gente que al salir del metro había que esperar un poco antes de poder avanzar hacia la salida. Sin ninguna inhibición ni preocupación, como si fuera lo más normal del mundo, un tipo me agarró el seno y ahí dejó la mano. Me quedé paralizada un instante pero apenas reaccioné le quité la mano y lo miré lo más feo que pude. Apenas pude avanzar, me fui de ahí los más rápido posible, tratando de calmarme, de no gritar, de llegar con bien a mi destino.

Después de eso,  como a tantas otras mujeres, me toca lidiar con los comentarios burdos con referencias a mi cuerpo y al sexo. Y como la mayoría de las mujeres, me hago la que no oigo nada y sigo caminando como si nada pasara, como si todo fuera tranquilidad y armonía aunque muchas de esas veces siento enojo y otras, miedo.

Me pregunto cuántas veces más hay que pasar por esto, cuántas veces al día sentimos miedo al caminar en la calle o andar en el transporte público, cuántas veces nos acosan con vulgaridades consideradas piropos. No quiero pensar en la respuesta a estas preguntas. No logro entender la actitud de quienes hacen esos “piropos”, parece como si creyeran que nos hacen un favor, como si hablar de nuestro cuerpo fuera algo positivo, como si las miradas lascivas de un irrespetuoso desconocido nos levantaran la autoestima. ¿En qué mundo sucede eso? Las mujeres NO somos objetos. NINGÚN ser humano lo es, no importa el género, la inclinación sexual, la apariencia ni tampoco la forma de vestir. NINGÚN ser humano merece ser tratado así. NINGÚN ser humano debe ser agredido ni tampoco debe vivir con miedo. NINGUNO.

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La Angustia (escultura)

En el caso de las mujeres, me pregunto cómo cambiar estas situaciones si en nuestra sociedad la mujer es vista como un objeto: en los puestos de revistas se exhiben imágenes con cuerpos de mujeres como objetos de placer; en anuncios de televisión las mujeres son la recompensa, el premio por comprar un buen coche, usar el desodorante adecuado, comprar la botana anunciada. En muchos de los anuncios las mujeres usan ropa sugestiva y casi todo se relaciona con el sexo. Todavía hay quienes piensan que las mujeres son objetos a su disposición… pero NO. ¡NO lo somos! No somos un cuerpo que vende, no somos Barbies a la disposición de nadie. No tenemos que vestirnos de monjas para merecer respeto. ¡No!

Aunque mi quinceañera lloraba por el miedo y la vergüenza que sintió  también estaba muy enojada por la falta de respeto, por el hecho de que esos dos hombres se sintieran con el derecho y la libertad de manosearla sólo porque llevaba puesto un vestido; porque no hizo nada, porque se quedó callada en lugar de defenderse.  Tenía razón en algunas cosas pero no en sentir vergüenza. Lo que sucedió no fue su culpa, no lo provocó ella. No debemos avergonzarnos ni agacharnos por esos sucesos inaceptables y terribles.  Lo que sucedió no fue ni será nunca su responsabilidad.

No le prohibí subirse al metro.  Mi papá me enseñó a vivir sin miedo, a no permitir que me paralizara y me impidiera realizar mis actividades, seguir adelante con mi vida. Es lo mismo que me toca enseñarles a mis adolescentes.  Por supuesto no se trata de quedarse con los brazos cruzados y resignarse. Esto fue lo único que se me ocurrió decirle a mi adolescente si vuelve a encontrarse en una situación como ésa y es algo que también me dije a mí misma y que tengo que cumplir me cueste lo que me cueste: “Aunque espero que esta situación nunca se repita, si alguien te falta al respeto, llama la atención de toda la gente alrededor, grita con toda tu fuerza, haz que todos se enteren, que volteen a verte, pide ayuda, no tienes nada de qué avergonzarte. Defiéndete.”

¡Ya basta de bajar la mirada y actuar como si no pasara nada! ¡Ya basta de vivir con miedo y llorar en silencio mientras cargamos una culpa que no nos corresponde! ¡Ya basta! ¡Ya basta!

Nadie sin importar género, inclinaciones sexuales, forma de vestir, edad, apariencia, NADIE merece ser acosado, maltratado, agredido. Nadie debe quedarse callado ni sentir que se lo buscó, que lo provocó.  Salgamos del silencio y seamos solidarios unos con otros.

 

 

 

 

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~ by Naraluna on April 27, 2016.

4 Responses to “Porqué no me gustaba usar faldas”

  1. Qué bien que oses hablar de este tema que aun a día de hoy no está superado. Recientemente leí el libro “Chicas muertas” de Selva Almada que habla precisamente de esa sociedad androcéntrica de la que vamos saliendo más lentos de lo que nos gustaría. Si te animas a leerla, aquí te dejo la reseña que hice en su día en mi blog: https://lecturafilia.com/2016/02/09/chicas-muertas/

    • ¡Muchas gracias por tu comentario y por el libro que me recomiendas. Lo buscaré y muchas gracias por compartir la reseña también. Sí me interesa mucho el tema. 🙂 🙂

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