El Evangelio Según Jesucristo y las consecuencias de haberlo leído…

Me siento bien y también me siento feliz. La vida me abraza y yo la abrazo de regreso. Mi pluma se mueve al ritmo del electrojazz que escucho ahora. Quiero bailar, quiero reír y también cantar. Quiero vivir y sentir la vida palpitar en todo mi cuerpo.  Pero no, no hablaré de música ni de alegrías. La pluma me lleva por otros caminos y aunque intento resistirme, evadirme, cambiarle el tema, me impone su voluntad y yo permito que las palabras sigan su camino y llenen las hojas de mi arañado cuaderno.

Muchas veces necesitamos librar varias batallas antes de encontrarnos a nosotros mismos, de sentirnos bien; sin embargo, tampoco se trata de pasarse todos los días luchando y nunca darnos la oportunidad de disfrutar. También necesitamos reír, consentirnos, ser felices, saber que nos merecemos esos momentos que le dan sentido a la vida.

El viernes pasado, después de una intensa mañana de traducir  y también después de comerme una deliciosa pasta (después de un par de meses si comer pasta) que me daría los carbohidratos necesario para mi competencia de la noche, todavía me quedaron un par de horas para terminar de leer El Evangelio Según Jesucristo de José Saramago.  No fue una lectura fácil y creo que no lo es al menos, para quienes no somos ateos e, independientemente de nuestra manera de ver a Dios ahora, fuimos educados en la religión católica. No tengo claro porqué estoy escribiendo esto, pero aquí estoy, haciendo lo que nunca había hecho: escribir sobre religión y lo que rara vez hago: hablar de Dios.  Quizá sea por la maestría de Saramago para contar su historia o quizá sea por sus palabras que llegaron como golpes, de esos golpes que dejan moretones pero de los que también aprendemos.

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Comenzar con esta lectura me costó trabajo. Me tardé en avanzar con los primeros capítulos. Leerlos me hacía entrar en conflicto y  me dolía. Llegó un momento en el cual consideré abandonar el libro. No era la María que me enseñaron en la religión ni tampoco el José con el que crecí. Peor aún, en este libro los padres terrenales de Jesús me resultaron desagradables y ya no quería seguir leyendo.  Sin embargo, fueron dos razones las que me dieron la fuerza para continuar, para no darle la espalda a esa historia: mi mamá, quien sí es católica y va a misa todos los domingos, lo leyó completo y aunque le pareció muy fuerte alguna vez me dijo que valía la pena leerlo; la segunda razón por la que no desistí fue porque admiro y respeto mucho a José Saramago. Fue y será siempre una de las más grandes voces de la literatura.

Me atreví a leerlo y no me arrepiento. Fue muy duro leerlo y varias veces me pregunté porqué leo cosas tan desgarradoras. Lo única respuesta  que me vino a la mente fue que es para tener una mayor conciencia del mundo que me rodea, para aprender, para no ser débil, para ir más allá del dolor, para no vivir en una burbuja rosa que me aleja de la realidad.  O simplemente, porque a pesar de todo, le da sentido a mi vida.

Los capítulos finales fueron los más complicados. El Dios que dibuja Saramago no es ni misericordioso ni amoroso, es un dios guerrero y sanguinario, un dios hambriento de poder. Cuando este dios habla con Jesús y le responde la pregunta de cómo será el futuro una vez que su sacrificio se haya llevado a cabo, le contesta con una lista con los nombres y una breve descripción de cómo morirán los mártires en nombre de Dios, le habla de la sangre que se derramará en su nombre.  Y yo, tuve que contener las lágrimas, porque las náuseas no pude. La historia es de Saramago pero los nombres, las torturas y las muertes de los mártires fueron reales. Conocía varios de los nombres mencionados y también su sufrimiento  y muerte. Entonces regresó la angustia que solía sentir en mi infancia. Recordé mis pesadillas de esa época: varias veces me quemaron viva en la hoguera y otras, Jesús me decía que su sacrificio no había servido y que ahora me tenían que clavar a mí en la cruz.  Me despertaba gritando justo antes de que lo hicieran.  Peor aún era tratar de conciliar el sueño después de haber leído y/o escuchado la frase más aterradora en la historia de mi infancia y de mi vida: “…el eterno crujir de dientes” (sólo cinco palabras para describir el Infierno de los pecadores).  Esa frase además de escucharla en la misa, la encontré en la Biblia cuando me dio por leerla todas las noches antes de dormir. Entiendo y respeto mucho que hay quienes encuentran paz leyendo la Biblia pero a mí me pasó todo lo contrario: encontré pesadillas, angustia y me sentía deprimida la mayor parte del tiempo. A esas alturas del Evangelio de Saramago, ya queda muy claro y sin lugar a dudas que Dios es un dios castigador, implacable y temible.  Como toda historia tiene su ficción, sus metáforas y la perspectiva del autor; sin embargo,  no pude evitar recordar mi propia visión y angustia cuando pensaba en ese Dios de la Iglesia que no es el mismo que el Dios que he sentido y amado desde siempre.  Recordé porqué me alejé de la Iglesia a los dieciséis años: tenía una enorme necesidad de alejarme de ese Dios castigador que amenaza con el infierno a todo aquel que se atreva a desobedecerlo, a ese Dios de la culpa que nos trajo a la tierra para vivir en un valle de lágrimas, para expiar el pecado original de Adán y Eva. Ese Dios que clavó a su hijo en una cruz.  Todas las Semanas Santas lloraba por el calvario de Jesús, por esa tortura tan cruel que nunca alcancé a comprender del todo. Entrar a las iglesias y verlo ahí, colgado, ensangrentado, muerto o casi muerto, me causaba una desesperacion inagotable. ¿Imagen de amor o de dolor?  De dolor, siempre de dolor.

Fue duro y desolador tener que reconocer que mi visión de ese  Dios de la Biblia no difiere tanto de la visión de Saramago: un Dios guerrero y castigador, mayormente cruel. Además, con respecto a mis vivencias, también un Dios de la culpa,  para quienes los seres humanos somos malos. Por más paradójico que resulte, este libro me ayudó a sacudirme las enseñanzas que recibí en el pasado que, aunque nunca las compartí, se me adhirieron como verdades irrefutables; a lograr salirme de ese lugar de culpas donde yo tenía la certeza de que no me merecía nada, la certeza de que cualquier momento de felicidad vendría acompañado de una terrible tragedia porque la “la vida es un valle de lágrimas” en donde la felicidad no está incluida. Ese lugar donde no sólo nuestros pecados son imperdonables sino también los de nuestros antepasados (que ahora nos pertenecen).

El Dios de la Biblia me daba (da) miedo y me dolía (duele). Siempre supe que nunca estaría a la altura de sus exigencias. Por otro lado, en la adolescencia comprendí que la Biblia está escrita por seres humanos, por lo que es inevitable que lo se refleje ahí sea su propia perspectiva de las cosas y no una realidad única e inalterable.

Mi abuelita siempre me decía: “Dios es amor”.  Me enseñaba a pedirle: “Pan, Papá Dios” y alguna vez, con la inocencia de los primeros años, en lugar de eso le dije: “Dulces, Papá Dios”. Mi familia cuenta esta anécdota como un detalle gracioso y tienen razón; sin embargo, también es el reflejo de cómo lo veía yo: un padre amoroso que protege a sus hijos, como alguien que transmite paz y confianza.  Ese es el Dios que yo conocí a través de mi abuelita y de mi madre. Esa es la razón porque la que no soy atea, siempre he sentido ese amor radiante, infinito, invencible, fuerte abrazándome en la vida, ese es el Dios que me ha acompañado estos treinta y nueve años y en el que siempre he creído. En mi vida me he cuestionado todo, excepto su existencia y su gran amor para todos, creyentes o no.

No puedo creer en un Dios que castiga con una eternidad en el infierno.  Saramago, con su historia, le echó sal a mis heridas pero también me ayudó a terminar de sanarlas.  Me quedé con el llanto anudado muy adentro, con el dolor de las injusticias cometidas en nombre de Dios (¿por qué usar su nombre para hacer daño, para derramar sangre?),  con el mal sabor de la intolerancia religiosa que seguimos padeciendo hoy en pleno siglo veintiuno donde se nos permite rechazar a las personas que no van de acuerdo a lo establecido en las escrituras (y dónde yo me pregunto cómo funciona el mandamiento: “Ama a tu prójimo como a ti mismo [¿en realidad lo que quiere decir es:  pero no a todos tus prójimos, sólo a quienes cumplan con los requisitos descritos en las Escrituras? Si es a todos, ¿por qué el rechazo, la discriminación, los juicios, las terribles condenas?]), con la pesada culpa por sentir bienestar o por tener algún logro e inclusive por fallar o por tener defectos, por no estar nunca a altura de sus expectativas  y para colmo, todavía falta lo peor: con la inclemente sentencia del eterno crujir de dientes que me quitó el sueño por años. En realidad es un castigo tan temible que no se lo deseo a nadie, a ninguna persona sea quien sea y haya hecho lo que haya hecho. De verdad y con todo mi corazón no se lo deseo a NADIE, NUNCA.

Por muchos años, la creencia en el Infierno me hundió. Tal vez parezca ridículo pero pensar que alguien (quien fuera, en realidad no importa quien) estuviera en el infierno me hacía muy infeliz. ¿Cómo disfrutar el paraíso sabiendo que en el infierno las almas se queman por siempre y que padecen un sufrimiento sin final? Desde mi perspectiva, estaba condenada a la infelicidad después de la muerte pues aunque me fuera al paraíso, siempre cargaría conmigo el dolor eterno de todas aquellas almas condenadas al castigo eterno (se lo merecieran o no, aunque, siendo honesta, dudo mucho que alguien pueda merecerse un castigo eterno).

Me niego a creer en ese castigo. Para mí, el amor perfecto y el castigo eterno son ideas que se oponen, la una excluye a la otra y viceversa. Independientemente de sus errores y/o defectos y también de los míos y de mis hermanos, tengo la certeza de que mis  padres nunca nos castigarían así; sé también que ni mis hermanos ni yo tampoco lo haríamos. Conozco a muchos padres y madres, hijos, hermanos que tampoco podrían hacerlo. Si nosotros que somos humanos, imperfectos, egoístas, llenos de defectos, muchas veces destructivos, no podemos hacerlo, ¿cómo es posible que un Dios que es amor y que es perfecto sí pueda hacerlo?  Me niego a creer eso.  Me niego a pensar que el Dios que describe Saramago exista. Me niego a vivir en un mundo de castigos, culpa e intolerancia. Me niego a un final como el que Saramago plantea en su libro y que me sigue doliendo, un final en el cual las últimas palabras de Jesucristo crucificado fueron: “Hombres, perdónenlo. No sabe lo que hace”.  Todavía escucho el estruendo de esas palabras. Todavía tengo escalofríos.

Creo en un Dios Amor que trae luz a un mundo a veces oscuro, que nos dio la libertad para trazar nuestro camino, un Dios de tolerancia que no discrimina a nadie y quien es capaz de dar alivio a quien se le acerque. Un Dios que no juzga, un Dios que perdona.  Un Dios que no vive encerrado en una Iglesia donde sólo algunos pueden acompañarlo, sino un Dios que está en la naturaleza, en el canto de los grillos, en la infinitud del cielo, en los árboles, dentro de nosotros.  No creo que hayamos venido a un valle de lágrimas. Nuestro destino no es sufrir. La vida es un gran regalo; y la felicidad, nuestro camino. Dios es amor y no un juez implacable de lo bueno y lo malo.

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El Evangelio Según Jesucristo me ha ayudado a reflexionar, a terminar de sacarme de la mente y del corazón la equivocada idea que por mucho tiempo rigió mi vida: esa absurda idea de que no me merezco nada y de que no debo sentir felicidad porque la vida es un valle de lágrimas.  Ya nunca más volveré a sentirme culpable por querer vivir la vida con una sonrisa. Dios es amor y mi religión, si es que tengo alguna, no tiene nombre. Mi religión es el amor,  es libertad para dirigirme a la luz, para amar siempre amar, para conectarme con la naturaleza, para vivir en armonía, para ser feliz.

Me dolieron muchas páginas de ese libro. Las palabras de Saramago fueron una confrontación, un desafío, una cruel pero fundada crítica al catolicismo. Comencé a leerlo con enojo y terminé de leerlo con admiración, dolor y sorpresa.  Me ha tomado un par de días digerir lo leído y me orilló a escribir sobre un tema que normalmente callo.

Sigo soñando con un mundo que no imponga sus creencias ni juicios, con un lugar donde todos seamos aceptados, bienvenidos sin importar el color de nuestra piel, el género, la inclinación sexual, la religión (o no religión), la situación económica, nuestro origen; un mundo donde todos tuviéramos más energía y entusiasmo para amar al prójimo y buscar su bienestar que para juzgarlo y condenarlo.

En mi experiencia y creencia, Dios no es juez, es amor, siempre y por sobre todas las cosas, amor.

 

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~ by Naraluna on May 24, 2016.

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