Duelos, ardillas y diez kilómetros.

LLueve y mientras escucho la lluvia, habla mi pluma. Después de una semana de mucho trabajo y dormir poco, por fin tengo la oportunidad de estar conmigo misma y expresarme. En este momento de paz, me pongo cómoda, cubro mis rodillas para protegerlas de la humedad y me enfrento al cuaderno que tengo en mi regazo.

Muy temprano en la mañana recibí la noticia de la partida de un ser querido. Lo primero que hice fue subir a la azotea para mirar el cielo y llorar. Las despedidas siempre son tristes y aunque morir es algo natural, la muerte siempre nos duele a quienes seguimos vivos. A pesar del sol y del cielo hermoso, para mí fue una mañana gris, una mañana de melancolía, de pensar en la persona que partió y hacerme preguntas que nunca tendrán respuesta. Me tomó varios minutos reponerme y seguir con lo que tenía planeado para esa hora: ir a correr a los Viveros. Me tocaba correr diez kilómetros y debía hacerlo para seguir avanzando hacia mi meta de correr medio maratón en un mes.

 

El sol no estaba tan intenso como otros días, fue una mañana ligeramente fría. Hice mis estiramientos y comencé a trotar primero.  Necesitaba conectarme con mi cuerpo, encontrar el equilibrio. Tenía el llanto atorado en el pecho.  Comencé a avanzar y quería gritar, quería rebasar a todos los corredores que iban adelante de mí, quería dejar de sentir.

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Viveros, Coyoacán

Comencé a adquirir velocidad y eso era lo que  necesitaba para despejar mi mente.  No podía dejar de pensar en la muerte: la muerte vida, la muerte ausencia, la muerte miedo, la muerte siempre y junto con ella los recuerdos de la persona que ha partido, la sensación de su ausencia, la incapacidad de asimilar que no volveremos a verla, la casi insoportable necesidad de encontrar su sonrisa en el cielo, la imagen de la última vez que la vimos, el sonido de la última plática y la certeza de que ya no habrá otra.  Fue una despedida más que me recordó lo efímero de nuestra existencia, lo vulnerables que somos, lo corto que es nuestro camino.

Después del primer kilómetro me liberé de prejuicios y salieron los suspiros que antes intentaba contener. Hubo quienes me voltearon a ver como si fuera un bicho raro pero yo seguí adelante. No sólo me resultaba imposible correr en silencio sino que suspirar me daba alivio. Eso era lo que necesitaba en esta mañana de reflexión y existencialismo, de vida y muerte, de aceptación  y  de dejar de buscar respuestas.  Sentir la velocidad me ayudó a manejar la intensidad de mis emociones. Aceleré el paso de acuerdo con mi capacidad y me llené de viento. Me vino a la mente una canción de Gloria Trevi que me gustaba mucho en la adolescencia: “Hoy me iré de casa corriendo descalza, a ver quién me alcanza, a ver quién me atrapa”…  No iba descalza pero me imaginaba cómo sería estarlo, cómo sería sentir la tierra en las plantas de los pies…Y entonces lloré. Lloré por la muerte que llegó.  Correr, llorar y sentir mi corazón moverse; también,  a pesar de todo, sentir la libertad para seguir avanzando, para ser yo misma, para llenarme de viento, para tener valor.

La muerte no es algo oscuro y aunque resulta difícil entenderlo, también es parte de la vida, también nos enseña y nos ayuda a darle sentido a nuestro mundo.  No hay vida sin muerte ni viceversa.  No me asusta la muerte, lo que me pesa es la ausencia que nos deja, el vacío que se queda en su lugar, la angustia de no poder abrazar de nuevo a la persona que se ha ido.  Me sentí muy aprehensiva. Crecer no sólo nos acerca a nuestra propia muerte sino también a la de nuestros seres queridos y nunca estamos preparados para eso.  Necesité correr más rápido sin excederme, sin perder el ritmo. Me llené de árboles y cielo. Casi pierdo el equilibrio con una ardilla que se cruzó en mi camino y se detuvo justo frente a mis pies; sin embargo, seguí adelante, siempre adelante.

Le di su lugar a la muerte pero me abracé a la vida. Me despedí una vez más y di las gracias por los momentos vividos, por los recuerdos que permanecen. No hay muerte mientras alguien nos recuerde. Al final todos seremos eso: recuerdos de las personas que nos amaron.  Mi llanto se hizo un poco más fuerte. Me detuve sólo unos segundos a tomar un poco de agua para refrescar mi garganta que ardía. Seguí adelante. Corrí mientras mi llanto se acomodaba. Mi tristeza se extendió y me obligó a enfrentar otro duelo que he  mantenido en silencio. Mientras tanto, mi cuerpo ya había encontrado la música de esta carrera y yo sentía cada movimiento. He aprendido a conocer mi potencial y también mis límites, a comunicarme con mi cuerpo. Por primera vez desde que corro estuve consciente de la velocidad y me resultó más natural cambiar de velocidad hoy cuando necesitaba unos minutos para recuperarme.  Comencé a vivir los frutos de mi entrenamiento, constancia y esfuerzo. Llevaba más de seis kilómetros y no estaba cansada.

Ese ritmo me ayudó a seguir avanzando cuando resurgió ese otro duelo que llevaba en mi vientre, mi vientre vacío.  En mí había otra perdida de algo que no pudo suceder: la oportunidad de tener dentro de mí el milagro de la vida, de convertirme en madre biológica, de cargar a mi bebé en brazos. ¡Cómo me ha dolido ese deseo no cumplido, ese vacío infinito, ese sueño que no se concretó! Creí que estaba bien, que ya me había despedido de ese sueño, pero en ese momento no lo estaba y mi duelo de la muerte se combinó con el duelo de esa vida que no fue posible concebir, ese embarazo que nunca existió y mis entrañas lloraron conmigo. Entonces tuve calambres en el abdomen y mis lágrimas fluyeron libremente.  Alcé los brazos, suspiré, casi grité y dejé que ambos duelos emergieran mientras mis pies seguían corriendo hacia la meta, firme en mi voluntad y manteniendo mi velocidad.

Ya me faltaba poco para terminar de entrenar y seguía pensando en esa vida que no pude crear, en el rostro que alguna vez imaginé abrazar, en las conversaciones imaginarias que tenía con mi futuro hijo para invocarlo cuando estaba buscando embarazarme. Todavía había agua en mis ojos cuando me vinieron a la mente mis hermosas adolescentes como esos pequeños cupidos que fueron hace algunos ayeres cuando hacían todo lo posible para que su papá y yo estuviéramos juntos. Esas pequeñas niñas que me abrieron su corazón y me convirtieron en su madre. No les di la vida, pero sí les di (doy) todo mi amor. Pensando en ellas liberé a mi vientre del sueño vacío y los calambres desaparecieron. Todo estaría bien.  Seguí corriendo a buena velocidad. Mis rodillas estaban en buenas condiciones y mi cuerpo reaccionaba bien. Los últimos metros los corrí sonriendo. Hasta ahora ha sido mi mejor tiempo: corrí esos diez kilómetros más rápido que nunca. Todavía necesito mejorar y me falta mucho por aprender, pero lograr eso me dio ánimos. Caminé despacio hacia la salida.  Me fui admirando los árboles, las ardillas y el cielo. Una ardilla me dejó fotografiarla.  Ya no hacía frío y mi cuerpo me aguantó el paso.

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Viveros, Coyoacán

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Viveros, Coyoacán

No  voy a mentir diciendo que ahora me siento feliz, que la tristeza ya  se desvaneció porque se necesita tiempo para sanar, para cerrar un ciclo, para superar los duelos; sin embargo, sí estoy tranquila.  Correr me ayudó a salir de la angustia, a ver las cosas más claramente, a desenredarme. Corro y nado por la misma razón por la que escribo: para mantener la cordura, para sobrevivir, para poder ser feliz.

Me emociona estar aquí  ahora, con un corazón inquieto y con ansías de avanzar más. Ya casi termina de llover. Se acabaron los truenos y  queda la música suave de las gotas que siguen cayendo. Sólo me falta el canto de mis grillos, ojalá vuelvan pronto.

Las despedidas duelen pero los recuerdos dan vida. Justo cuando está más oscuro es porque ya va a amanecer y el amanecer es un renacimiento, un milagro que sucede todos los días…

Me dormiré tranquila y mañana me llenaré de amaneceres.

 

 

 

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~ by Naraluna on June 6, 2016.

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